Introducción “Circe”

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-Por… Por favor, no dispares- suplicaron los sudorosos labios de Bryan Johnson. –Tengo familia e hijos. Una mujer que me ama con locura. Puedo pagarte lo que me pidas. No se lo diré a la policía.- Sus ojos parecían sinceros, claros, asustados.-

-La persona a la que atropellaste y abandonaste en mitad de una oscura carretera secundaria hace dos años te envía recuerdos.-

Un ensordecedor disparo reventó la frente de Bryan para dibujar la insatisfecha venganza de Circe en una inmaculada pared blanca.

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Circe se despertó en mitad de un caos de botellas vacías. “Ya estoy vieja para estas cosas”, pensó. Se incorporó lentamente sobre la horrible moqueta color césped que cubría la gran parte del suelo de su apartamento y le entraron ganas de vomitar.

Aún quedaban varias invitadas medio desnudas y semi inconscientes tiradas por diversos espacios de aquella casa de alquiler. Pero Circe no podía concentrarse aún en echarlas. Su cuerpo le pedía a gritos que expulsara todos los venenos que la noche anterior había ingerido para intentar olvidar, infructuosamente, sus ganas de morir.

-Circe, ¿tienes algo para desayunar? Necesito comer algo.- Preguntó una despeinada joven de unos 26 años mientras se le caía uno de los tirantes de su ajustada camiseta blanca.

-¡Déjame en paz! ¿No ves que estoy intentando potar?- gruñó Circe con voz afónica.-

-No hace falta que seas tan borde…- contestó asqueada-

Circe se incorporó y, tambaleándose, llegó hasta la joven pelirroja. Se encontraba lo suficientemente cerca como para oler el aroma a sudor, whisky y lujuria que envolvía a la indignada invitada. Se abalanzó rápidamente sobre sus labios y le metió la lengua hasta donde pudo.

-Aaaagh, ¡qué asco, apártate de mí!

-La próxima vez, intenta ser más espabilada y pirarte de la casa de los demás cuando ya sobras.

-Vete a la mierda, Circe.

-Ya nos veremos, guapa.

Los gritos parecieron espantar a las almas en pena que aún quedaban por la casa. Por fin Circe se encontraba sola. Bueno, sola no. Aún la acompañaban todos sus demonios. Hoy era un día especial. Intentaba engañarse a sí misma diciendo que el aniversario no condicionaba sus actos. Pero en el fondo sabía que se equivocaba.

Ya había pasado un año. Un año entero. Con sus 365 días. Con sus 8.760 horas. Ya llevaba 525.600 minutos sin ella. Nunca le había dado especial importancia a las fechas. Pero cuando tu vida cambia radicalmente en un espacio tan corto de tiempo, una parte de tu mente te invita a recordar lo que fuiste antaño. Ya volvía a ser 24 de abril. “Querida Valle, ¿por qué tuviste que morir?”

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