Paciencia

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Cuando un profesor al que admiras te dice “Haz lo que te digo todos los días, pero ten en cuenta que no empezarás a ver los resultados hasta dentro de dos años”. Te planteas varias cosas: ¿me merece la pena? ¿y si no acaba funcionando? ¿por qué tiene que pasar tanto tiempo?

Pero sólo tienes dos opciones. O creer ciegamente lo que esa persona te está diciendo y tener una fe inquebrantable durante los siguientes 730 días, o mandar al carajo aquello que supuestamente querías conseguir. No es fácil. Aunque bien es cierto que nadie te dijo que lo fuera cuando comenzaste. Supongo que en el momento en el que el profesor termina su grandiosa frase, el motivo por el que fuiste a dar clase con él, por el que te has entregado a la tarea en la que él te está guiando, debe resurgir en tu memoria o acabarás por sucumbir al derrotismo.

Supongo que si, por fin, encuentras el motivo por el que merece la pena esforzarse durante 730 días sin descanso, la mejor medicina será armarse de paciencia y tirarse al vacío creyendo que ese profesor estará esperándote en el fondo con una gran colchoneta.

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