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Te echo de menos. Y no es que haya pasado mucho tiempo desde la última vez, ni que una gran distancia nos separe. Sólo echo de menos el roce de tu mirada contra mi piel. El tacto suave de tus labios en mis palabras. El primer rayo de sol que tu mirada desprende al despertarme a tu lado.

Y sigo insistiendo. No es que te añore por espacio o paso de los días. Es que necesito tu presencia cuando me siento indefensa. Porque, aunque no lo sepas, la confianza ha crecido en mí desde que tú la abonas. Mi amor propio ha resucitado y la visión que tengo de mí misma vuelve a brillar como antaño. Parece que tus constantes palabras de ánimo, alivio y motivación han logrado su objetivo. Conseguir que vuelva a crear regularmente. Apenas sin esfuerzo. Como borboteando litros y litros de creatividad encarcelada durante años.

Pero aún con todo, sigo corriendo hacia tu persona gritando desconsoladamente: ¡Sálvame, sálvame, sálvame! Menos mal que me recuerdas que no necesito ser salvada. Que lo único que no tengo que olvidar es que todo es posible si yo creo que puedo conseguirlo. Que la mente es más poderosa de lo que creemos. Que soy suficiente y necesaria.

Tú me motivas. Tú me das la seguridad que me falta. Tú eres el compañero de vida que nunca supe que andaba buscando hasta que por fin me has encontrado.

Pincha aquí si quieres escucharlo

 

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