Sprint final

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Sigue corriendo. Cae. Llora. Grita. Laméntate y luego castígate por saber que no es culpa de lo que te rodea, sino de ti misma. Por no haberte exigido la excelencia, por no haberte dedicado en cuerpo y alma. Sigue corriendo. Ahora más rápido. Y ahora aún más rápido. Mierda. Aquella piedra en el camino hizo que te tropezaras. Cae. Llora. Grita. Laméntate y luego castígate por saber que no es culpa de lo que te rodea, sino de ti misma. Por no haberte concentrado en levantar correctamente los pies. Sigue corriendo. Ahora más rápido. Y ahora aún más rápido. Intenta concentrarte en el movimiento ovalado que dibujan tus talones. Genial. Sigue así, pero más rápido. Oh, no. Te torciste un tobillo. Cae. Llora. Grita. Laméntate y luego castígate por saber que no es culpa de lo que te rodea, sino de ti misma. Por no haberte concentrado en pisar correctamente, primero talón y luego punta. Talón, punta. Sigue corriendo. Ahora más rápido. Y ahora aún más rápido. Concéntrate en el movimiento de tus piernas, así como en tu pisada. Y ahora aún más rápido. Estás a unos metros de la excelencia, que intenta escapar de tu sprint final. Casi la tienes. Puedes rozarla con tus dedos. Pero no contabas con esa bicicleta que se cruzó en tu carrera e hizo que te chocaras de lleno y cayeras de bruces al suelo. Sigue corriendo…

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