Después de un duro día

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Lo que más me gusta después de un duro día, es llegar a mi habitación e ir desvistiéndome poco a poco.

Primero los zapatos; mi ancla  a la realidad. Para no salir volando entre las ideas descabelladas de abandonarlo todo por un día. Para no escaparme a una playa a relajarme durante unas horas a la orilla de mis obligaciones.

Después me suelto el pelo; la correa que mantiene en su lugar mi máscara de persona normal, adulta y responsable.

Más adelante me quito el jersey; mi armadura contra las críticas destructivas, las malas caras o los peores humores.

Sigo con los pantalones; con los que escondo mis verguenzas, mis secretos más profundos, mis instintos más primarios.

Termino con la camiseta; mis obligaciones, las preocupaciones de un mundo adulto en el que todo va más rápido de lo que debería.

Y así, cuando me quedo en ropa interior, vuelvo a ser aquella pequeña niña cuyo único objetivo es cenar algo calentito antes de conciliar el sueño en una suave y confortable cama, sin pensar en lo que el día de mañana le deparará.

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