Yo, robot

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“Gloria había llegado al momento crítico del cuento: “Daba medianoche en el reloj y sus ropas se convertían de nuevo en andrajos…”. Mientras, Robbie escuchaba atentamente, con los ojos ardientes cuando vino la interrupción.

-¡Gloria!

Era la voz aguda de una mujer que había llamado no una, sino varias veces; y tenía el tono nervioso de aquel en quien la ansiedad ha empezado a convertirse en impaciencia.

-Mamá me llama-dijo Gloria, contrariada-. Será mejor que me lleves de vuelta a casa, Robbie.

Robbie obedeció apresuradamente, porque sabía que más valía cumplir las órdenes de la señora Weston sin la menor vacilación. El padre de Gloria raramente estaba en casa durante el día, a excepción de los domingos -hoy, por ejemplo-, y cuando esto ocurría, se mostraba la persona más afable y comprensiva. La madre de Gloria, en cambio, era una fuente de sinsabores para Robbie, quien siempre sentía el impulso de alejarse de su presencia. La señora Weston los vio en el momento en que aparecían por encima de los altos tallos de la vegetación, y volvió a entrar en la casa a esperarlos.

-Te he llamado hasta quedarme ronca, Gloria- dijo severamente-. ¿Dónde estabas?

-Estaba con Robbie-balbuceó Gloria-. Le he estado contando “La Cenicienta” y he olvidado que era hora de comer.

-Pues es una lástima que Robbie lo haya olvidado también.-Y como si de repente recordase la presencia del robot, se volvió rápidamente hacia él-. Puedes marcharte, Robbie. No te necesita ya. Y no vuelvas hasta que te llame-añadió secamente.

Robbie dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo al oír a Gloria salir en su defensa.

-¡Espera, mamá! Tienes que dejar que se quede. No he acabado de contarle “La Cenicienta”. Le he prometido que le contaría “La Cenicienta” y no he terminado.

-¡Gloria!

-De verdad, mamá. Se estará tan quieto que no te darás cuenta de que está aquí. Puede setnarse en la silla del rincón, y no dirá una palabra…;bueno, no hará nada, quiero decir. ¿Verdad, Robbie?

Robbie, ante la súplica, movió de arriba abajo la pesada cabeza.

-Gloria, si no dejas esto de inmediato, no verás a Robbie en una semana.

La chiquilla bajó los ojos.

-Bueno…, pero “La Cenicienta” es su cuento favorito y no lo había terminado… ¡Y le gusta tanto!

El robot salió de la habitación con paso vacilante y Gloria ahogó un sollozo.

———————————

[…]

No obstante, quería a su mujer; y, lo que era peor aún, su mujer lo sabía. George Weston, al fin y al cabo, no era más que un hombre, ¡el pobre!, y su mujer echaba mano de todos los artilugios que el sexo más torpe y escrupuloso ha aprendido, con razón e inútilmente, a temer.

Diez veces durante la semana que siguió, tuvo ocasión de gritar: ¡Robbie se queda… y se acabó!, y cada vez lo decía con menos fuerza y acompañado de un gruñido cada vez más agonizante.

Llegó por fin el día en que Weston se acercó tímidamente a su hija y le propuso una maravillosa sesión de visivoz en el pueblo.

-¿Puede venir Robbie?

-No, querida-dijo él estremeciéndose ante el sonido de sus palabras-,no admiten robots en el visivoz, pero podrás contárselo todo cuando volvamos a casa. -Dijo esto último balbuceando y miró a lo lejos.

Gloria regresó del pueblo hirviendo de entusiasmo, porque el visivoz era realmente un espectáculo magnífico. Esperó a que su padre metiese el coche a reacción en el garaje subterráneo y dijo:

-Espera que se lo cuente a Robbie, papá. Le habría gustado mucho. […]

No podía entretenerse ya mucho con el coche. Tenía que afrontar la situación. Gloria echó a correr por el césped.

-¡Robbie! ¡Robbie!

De repente se detuvo al ver un magnífico perro collie que la miraba con ojos dulces, moviendo la cola.

-¡Oh, qué perro más bonito! […] ¿Y sabe jugar?

-¡Claro! Sabe hacer la mar de trucos. ¿Quieres ver algunos?

-En seguida. Quiero que Robbie también lo vea. ¡Robbie!…-se detuvo, vacilante, y frunció el ceño.- Apostaría a que se ha encerrado en su cuarto, enojado conmigo porque no le he llevado al visivoz. Tendrás que explicárselo, papá. A mí quizá no me creería, pero si se lo dices tú sabrá que es verdad.

Weston se mordió los labios. Miró a su mujer, pero ella apartó la vista. […]

-Mamá, Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? -No hubo respuesta; George Weston tosió y se sintió repentinamente interesado por una nube que iba avanzando perezosamente por el cielo. La temblorosa voz de Gloria parecía al borde de las lágrimas- ¿Dónde está Robbie, mamá?

La señora Weston se sentó y atrajo suavemente a su hija hacia ella.

-No te sientas mal, Gloria. Robbie se ha marchado, me parece.

-¿Marchado?… ¿Se ha marchado? ¿Adónde? ¿Adónde se ha marchado, mamá?

-Nadie lo sabe, hijita. Se ha marchado, Lo hemos buscado y buscado por todas partes, pero no hemos podido encontrarlo.

-¿Quieres decir que no va a volver nunca más?

Sus ojos se redondeaban por el horror.

-Quizá lo encontremos pronto. Seguiremos buscándolo. Y entretanto puedes jugar con el perrito.¡Míralo! Se llama Relámpago y sabe…

Pero Gloria tenía los párpados llenos de lágrimas.

-¡No quiero al perro feo! ¡Quiero a Robbie! ¡Quiero que me encuentres a Robbie!

Su desconsuelo era demasiado hondo para expresarlo con palabras, y prorrumpió en un ruidoso llanto.

-¿Por qué lloras, Gloria? Robbie no era más que una máquina, una máquina fea… No tenía vida.

-¡No era una máquina! -gritó Gloria con furia- Era una persona como tú y como yo, y además era mi amigo. ¡Quiero que vuelva! ¡Oh, mamá, quiero que vuelva!

[…]

-Déjala que llore a gusto-le dijo a su marido-; el dolor de los chiquillos no es nunca duradero. Dentro de unos días habrá olvidado que aquel espantoso robot ha existido.

Pero el tiempo demostró que la señora Weston había sido demasiado optimista. Desde luego, Gloria dejó de llorar, pero también dejó de sonreír y cada día se mostraba más triste y silenciosa.”

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