Adicción

-¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué mataste a todas esas chicas?- dijo el inspector, entre consternado e intrigado-

-Lo necesitaba.-

Sus palabras resonaron a lo largo y ancho de la sala de interrogatorios. Fue una de esas frases que parecen parar el mundo durante unos segundos, dejándolo todo en silencio.

-¿Necesitar? Si no las conocías de nada, de hecho, no tenían ningún tipo de relación entre sí. Vivían en ciudades diferentes, tenían aspectos diferentes, edades diferentes… -las palabras del inspector de policía se ahogaron en mitad de la enumeración-

-Tú nunca podrías comprenderlo.-dijo Jack despreocupadamente-

-El problema no soy yo, es tu mente perversa.

-¿Fumas?

-¿Qué?

-Que si fumas, apuestas, bebes o piensas en sexo constantemente. Cualquier tipo de adicción. ¿Tienes alguna?-

Jack hablaba lenta y tranquilamente. No parecía entender que estaba confesando todos aquellos asesinatos. Que ya no sería libre el resto de lo que le quedaba de vida.

-Sí…

-Piensa en ello. Sabes que no es del todo bueno que lo necesites tanto. Alguna que otra vez lo has intentado dejar pero te has convencido de que lo haces porque quieres, y no porque lo necesites. No podrías explicar la felicidad que sientes cuando vuelves a caer en ello. A veces, sueñas con ello. Sobre todo cuando intentas dejarlo, limitarlo, olvidarlo o racionalizarlo.

-No es comparable.

-¿Cómo que no es comparable? Es una adicción cualquiera, pero con una excepción. No está aceptada por la sociedad. Porque la agrede directamente. Tus adicciones te agreden individualmente,pero a la sociedad no le perjudica o incluso le beneficia. Yo soy un marginado de esta sociedad. Lo entiendo. Debéis encerrarme, pero no te creas mejor que yo. Tú sólo has tenido suerte a la hora de que Dios eligiera tus adicciones. Tu moral es una creación humana para convivir sin problemas, no es la verdad absoluta, no eres superior a mí en ningún aspecto. Si quieres entender el motivo de que matara a todas esas chicas debes abrir la mente.

-Ya no sé si quiero comprenderlo.

-Cuando llevaba mucho tiempo sin matar me sentía intranquilo, desesperado, no podía pensar con claridad. Cuando por fin conseguía arrebatarle la vida a otra más, una placentera sensación recorría las yemas de mis dedos hasta llegar a mis ojos y …

-Ya basta, ¡llevároslo!

Mientras los guardias le empujaban hasta la salida, pudo recordar una vez más a su última víctima, la más joven de todas… “Sus manos le apretaban el cuello, sintiendo cómo las venas y principales arterias dejaban de irrigar gradualmente el  cerebro de su víctima. Sentía un poder que podría calificarse de sobrehumano.

– Shhhh… No te preocupes, tu dolor ya ha acabado para siempre.”

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