Tramposo

-Hola papá, hola mamá. ¿Qué tal estáis?

El calor y el silencio conseguían que la residencia de ancianos tuviera un aspecto mucho más aplastante de lo habitual. Romina y Alfredo recibían sentados a su hija y a su nieta en un aburrido sofá de pana verde.

-Bien, todo bien hija mía. Tu padre me decía que hoy le apetecía escribir un poema. ¿Te lo puedes creer? Diez años sin escribir absolutamente nada y le da ahora por decir que quiere escribir algo. -dijo la tierna abuelita.-

-Pero mamá, ya sabes que papá no habla desde que empeoró el Alzheimer. ¿A qué te refieres?

Romina se acercó a Alfredo y le dijo algo al oído. La mirada perdida y gesto aburrido de Alfredo cambió instantáneamente. Sonrió.

-Te digo lo que oyes, Irene. Bueno, ¿qué tal en el colegio, Natalia?

La pequeña niña de pelo liso, flequillo y coletas contestó:

-Muy bien, abuela. Tengo muchos amigos y me lo paso muy bien.

-Ooooh qué bien. Es muy importante hacer buenos amigos en el colegio. ¿Te he contado alguna vez que el abuelo y yo nos conocimos en el colegio? Llevamos 70 años sin prácticamente separarnos el uno del otro.

Irene, incómoda, se removió en su silla. Le gustaría poder pasar más tiempo con sus padres. Le gustaría haber encontrado un trabajo un poco menos absorbente y visitar más frecuentemente la residencia con Natalia. A sus padres les hacían muchísimo bien aquellas visitas.

-De eso te quería hablar, mamá. Creo que ya es hora de que llevemos a papá a la planta de los asistidos. No puede comer, andar o vestirse sin ayuda. No deberías hacerlo todo tú sola. Puedes quedarte tú en esta planta y a papá llevarlo a la de arriba.

-Eso no va a pasar.

-Mamá, viviríais en el mismo edificio. Podrías ir a verle siempre que quisieras.

-He dicho que no.

De repente, el duro gesto de la anciana se tornó en fantasía para volver a acercarse al oído de su marido y susurrarle otra vez. El pasmado rostro de Alfredo volvió a sonreír como si fuera un bebé.

-¿Habéis venido a comentarme alguna otra orden o eso es todo? -dijo la anciana cogiendo de la mano a su marido.-

-Mamá, yo solo quiero lo mejor para ti. Díselo tú papá. Díselo tú en esas conversaciones telepáticas que parece que tenéis. Dile que si sigue viviendo tu vida por ti acabará volviéndose loca. Que tú ya te has ido, aunque tu cuerpo siga aquí, y que ella tiene que enfrentarse a la realidad.

-Irene, creo que ya puedes irte. Tu padre y yo estamos muy enfadados contigo.

El gesto de Alfredo siguió impasible. Neutro, vacío. Babeaba un poco de vez en cuando, pero Romina le limpiaba rápidamente para que no se sintiera incómodo. No había posado la mirada ni una sola vez en su pequeña nieta.

Romina volvió a acurrucarse junto a su marido. Y este volvió a sonreír. La niña, inquieta y mucho más observadora que su madre, se atrevió a preguntar:

-¿Abuela, qué le dices al abuelo para que sonría cada vez que te acercas?

-Sólo le digo una palabra: Tramposo.

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Esa noche Romina soñó con el día en el que ella y Alfredo comenzaron a estar juntos para nunca separarse. Romina estaba jugando con unas amigas en la plaza del pueblo y un Alfredo muy joven y tembloroso se acercó a ella y le preguntó: ¿Puedo ser tu novio? A lo que ella muy sabelotodo le respondió: Sólo si me traes una nube. Sus amigas se rieron pero Alfredo dijo muy serio: Vale, lo intentaré, acompáñame.

Recorrieron todo el pueblo y llegaron a la iglesia. Subieron las escaleras de la torre rápidamente mientras una joven y nerviosa Romina no dejaba de preguntar: ¿a dónde me llevas? Alfredo se limitaba a contestar: Ven.

Se asomaron desde el campanario y observaron todo el pueblo. Desde allí los vecinos parecían hormiguitas. Alfredo le susurró algo al oído a Romina: Prepárate. Y de repente una nube les atravesó a los dos. Fue lo más parecido a magia que Romina había sentido en toda su vida. Cuando la fresca sensación llegó a su fin, ella se acercó a Alfredo y le susurró: Tramposo.

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