Relatos ficticios vs. Vivencias reales (Sylvia Plath)

Antes de comenzar con la entrada, me gustaría explicar el objetivo que me he marcado con este nuevo “tipo de relatos”. No sé si lo sabíais, pero me encanta inspirarme de formas diferentes. Anteriormente estuve escribiendo varios relatos basados en algunos de mis dibujos, y más tarde en fotografías llamativas, de forma que intentaba crear un relato completo alrededor de una imagen ajena a mi creatividad. Esta vez quiero intentar algo parecido. Lo que intento es crear un relato corto basándome en la vida de algún personaje que me resulte interesante. Creo que esto puede ser muy enriquecedor tanto para mí como para vosotros, ya que a mí me obliga a informarme en profundidad sobre el personaje que elija, y a vosotros os puede animar a buscar más sobre la persona retratada y, en este caso, sobre su obra. Para este primer relato de “Relatos ficticios vs. Vivencias reales” he elegido a Sylvia Plath, una grandísima poeta a la que espero que os apetezca conocer más.

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Querido diario:

Últimamente, cuando camino por la calle, me resulta inevitable fijarme en las jóvenes parejas que pasean profundamente enamoradas. Y casi siempre me dan envidia. ¿Qué tendrán esas chicas que yo no tenga? Bueno, eso sí lo sé. No son ambiciosas, no son independientes, prefieren vivir por y para su marido, tener hijos y morir lentamente en un segundo plano, sin que nadie se fije en ellas. Yo soy guapa, soy inteligente, tengo metas, pero aún así todas ellas me miran por encima del hombro. Ellas tienen algo que yo no tengo: la posibilidad de tener hijos.

Ojalá pudiera ser un hombre. Ellos jamás tendrán que elegir. Hijos, trabajo, poder, admiración, todo. Ellos no tienen que renunciar a nada. ¿Por qué ellos pueden tenerlo todo y yo no?

En el fondo, yo soy la mujer a la que ellos desean en secreto aunque no quieran admitirlo. Soy crítica, inteligente, perspicaz. Soy una rara avis para ellos. Nunca han conocido a una mujer igual. Me desean y me temen a partes iguales. Algunos se atreven a acercarse, acariciarme e intentar mantener la respiración antes de que me aburra y decida emprender otra vez mi vuelo, y otros simplemente me huyen por no saber a lo que se pueden enfrentar. Aún no he encontrado a muchos hombres que se alejen de lo anterior. Me gustaría que alguno se plantara delante de mí y me demostrara que no es convencional, que de hecho odia lo convencional y que jamás me obligaría a llevar junto a él una vida convencional. Pero lo mediocre abunda y eso me hace perder la esperanza.

No me gustan estos pensamientos. Me llevan de nuevo al abismo del que creí que nunca saldría. Quizá deba volver a hablar con el doctor. Cuando esas mujeres me miran así me dan ganas de matarme. ¿Por qué Dios me ha hecho mujer? ¿Por qué no se ha conformado sólo con ello y además me ha hecho ser consciente de la injusticia que es ser mujer en este mundo de hombres? Pero no, no, no. No debo sumirme en esa tristeza otra vez. Debo ser fuerte. La escritura me ayuda. No quiero volver a caer en la locura y no poder escribir más. Tengo que mantener mi objetivo claro. Convertirme en una gran escritora. Pero una pequeña parte de mí me dice que jamás podré conseguirlo. No en este mundo de hombres. No sin renunciar a tener un marido, unos hijos, una familia.

O la escritura o la familia. Todo no se puede tener. No siendo mujer.

Ojalá pudiera conseguir un mundo perfecto. En el que yo fuera perfecta y pudiera escribir los poemas y los cuentos perfectos. En el que tuviera un marido único y diferente, que me admirara, que me cuidara y que me diera hijos. Una vida perfecta, en la que pudiera escribir, educar a mis hijos y crear un hogar lleno de amor. Un planeta perfecto, en el que la locura nunca más se volviera a adueñar de mi lucidez. Una realidad perfecta, en la que mi lista de ligues dejara de completarse por haber encontrado a la parte que le falta a mi alma, pero encarnada en otro cuerpo, en otra sonrisa.

Y eso es lo que intenté anoche al ir a esa fiesta.

No puedo borrarme de la piel lo que sentí al leer sus palabras en aquella revista:

Cuando Dios, asqueado del hombre,

se volvió cara al cielo,

y el hombre, asqueado de Dios, se volvió cara a Eva,

todo pareció desmoronarse…

Debía ir a esa fiesta y conocer al Ted Hughes del que me había enamorado sólo con echar un vistazo rápido a sus pensamientos. Y cómo no, debía estar perfecta. Con el vestido perfecto, la sonrisa perfecta y las palabras más audaces y perspicaces en la punta de la lengua. Vestido de tirante ancho, blanco, con lunares negros y ceñido a la cintura. Muy sensual, terminando justo por debajo de la rodilla. A conjunto con unos guantes blancos y un sombrero color crudo de textura rugosa. Estaba lista. No sólo estaba lista. Me encontraba en medio de la fiesta y no sabía cómo acercarme a Ted.

Tenía dos factores a mi favor: parecía abierto y bastante ebrio. No me sería complicado acercarme a él y comenzar una interesante charla. ¿El principal problema? Parecía que todas las chicas solteras de la fiesta pensaban exactamente lo mismo que yo. No había modo de pillarlo solo.

Hasta que se dirigió al baño por un pasillo alejado de la habitación en la que se celebraba la fiesta. Lo intercepté discretamente intentando suavizar el tono de mi voz:

-Así que por fin te pillo a solas.

-Sí, bueno, en estas fiestas es difícil tener intimidad, incluso a la hora de ir al baño. Disculpa, ¿tu nombre era?

-Sylvia, y puedes dejar de disimular ya, sé que te gusto, no te pongas nervioso.

-Jajajaja, la verdad es que no me llamabas casi nada la atención hasta que has dicho eso.

-Vale, te dejo que me invites a una cerveza, pero que sea buena, yo no soy fácil.

-¿Estás segura de ello?

En ese momento me agarró muy fuerte de la cintura y me arrastró con él al baño de hombres. Nos escondimos tras una de las puertas y comenzó a besarme con violencia. Si no fuera tan buen escritor, si no hubiera estado toda la noche intentando acercarme a él, no creo que hubiera permitido tal osadía por su parte. Pero no podía parar. Su olor, delicado pero intenso, su tacto, suave y adictivo, me tenían enganchada. Mis labios ya no respondían a mis mandatos. Mis manos danzaban libremente por debajo de su camisa. Mis dientes querían devorarlo por completo. Él ya había descubierto lo que se escondía bajo el dobladillo de mi vestido. El olor a ron nos envolvía. Los jadeos y susurros se continuaron hasta llegar a una cadencia conclusiva que protagonizó mi voz con un grito ahogado por la palma de su mano.

Salimos del baño. No me lo podía creer. Había podido conocer a aquel hombre “no cotidiano”. No sólo lo había conocido, sino que me deseaba. Quizá mis deseos se podrían hacer realidad. Quizá había encontrado al hombre con el que pudiera tenerlo todo en mi vida. Quizá… De repente me di cuenta de que había mordido tan fuerte su mejilla que le había hecho sangrar.

-Ted, tienes sangre en la cara. Límpiatela antes de que alguien te vea.

-Toma Sylvia, esta es mi tarjeta. Llámame. -dijo mientras volvía a entrar en el baño-

Oh, dios mío. Y no sólo lo había conocido. Me otorgaba la oportunidad de volver a coincidir con él sin tener que buscarle por toda la ciudad para entablar una conversación en condiciones. Esto parecía tener futuro.
O por lo menos eso pensaba ayer. Ahora, tras haber dormido y sin el alcohol en mi organismo, pienso con más claridad. ¿Realmente fue igual de importante para los dos? Yo le dije que no era una chica fácil y él lo dudó. Acto seguido ocurrió lo del baño. En realidad sí que me había mostrado como una chica fácil. No como la mujer atractiva e independiente que soy. Quizá no fuera algo especial tal y como yo me imaginaba. A lo mejor sólo me ve como una más de su amplia lista de poetas mediocres que intentan llegar a algo acercándose a su sombra. No, no,no. No puedes dejar que estos pensamientos te inunden. Tienes que volver a quedar con él y demostrarle de lo que eres capaz. Tienes que engancharlo y enamorarle aunque sea lo último que hagas…

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Por si os habéis quedado con ganas de más Sylvia Plath:

http://www.poeticas.com.ar/autores/sylvia-plath-poemas/

http://www.jotdown.es/2013/04/el-club-de-los-poetas-suicidas-sylvia-plath/

http://amediavoz.com/plath.htm

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