Traición

Los muros de la pequeña habitación no dejaban escapar ni una voluta del espeso humo que aquellos seis hombres producían mientras, como cada semana, se reunían para comentar los objetivos que el jefe quería alcanzar.

Las paredes forradas de moqueta verde tomillo conseguían crear una sensación de angustia extrema, ya que poco a poco se inclinaban sobre la redonda mesa, colocada en el centro de este esquizofrénico habitáculo. El movimiento de la puerta produjo una pequeña descarga del ambiente. Entraron unas largas piernas que sobre unos tacones de aguja rojos, portaban unas medias de rejilla, bajo unos cortos, muy cortos, shorts. La melena pelirroja cubría su desnuda espalda y sus finos dedos se cubrían la cabeza con unas largas uñas postizas. Su mirada verde no quitaba protagonismo a sus carnosos labios carmín. ¡Y qué decir sobre sus pechos! Poco dejaba a la imaginación esa camiseta semitransparente de tirantes.

Ella sólo servía las copas –Gracias, Aby- dijo Robert. Esas eran las palabras necesarias para que la tal camarera comprendiera que tenía que irse, ignorando nuestras deseosas y excitadas miradas. Los hombres tenían que hablar de negocios.

Delante de la puerta, sobre una de esas seis sillas de madera cubierta por pintura color tizón, se encontraba un tipo joven, un poco desaliñado y vestido de traje. Su pelo oscuro escondía a mechones una escurridiza mirada, que pese a su intenso color azul, no dejaba leer su alma. Conseguía intranquilizar a cualquiera con esos movimientos nerviosos que contagiaban todos los extremos de su cuerpo. No se encontraba a gusto, sentía que tarde o temprano una explosión de sangre le iba a salpicar en la cara. Y las entrañas de alguien era lo último que quería ver en su primera semana. Él sabía que esa noche se iba a desvelar algo sobre Charlie que al jefe no le iba a gustar nada. Y para un compañero en el que confiaba, no quería perderlo.

-Esta noche os he reunido aquí para hablar de un error cometido hace 48 horas- comenzó diciendo el gran hombre al que denominábamos “El jefe”- me gustaría que el culpable lo asumiera directamente, sin tener que obligarle yo. Sería una buena manera de conservar el poco honor que le queda-.

Charlie hizo un leve movimiento para pedir la palabra y con voz temblorosa nos presentó la misteriosa situación:

-Como sabéis, el miércoles tuve que visitar el “Pub Oasis” para pedirle cuentas a Johny, el responsable de aquel antro. No conseguí encontrarle, pero le deje un pequeño regalito, para que se acordara de nosotros y del dinero que nos debe.

-¿Y se puede saber qué tipo de regalito es tirarte a una de sus bailarinas?

-Emm… no, no me refería a eso. Sino al dedo que le corte a su mujer, y dejé encima de su escritorio, a modo de regalo, en una cajita color gualdo.

Pude recordar el momento de la amputación. Realmente disfrutaba con esa sensación de dominio. Después de drogarla, conseguí tumbarla en una fría camilla de metal, en mi apartamento, donde tenía todos mis juguetitos.

Si por mí hubiera sido, le hubiera arrebatado todos los órganos, uno a uno… Pero esas no habían sido las órdenes del jefe. Tenía que estar viva para que pudiera sufrir su castigo.

El sonido de los alicates al abrirse y cerrarse era una preciosa melodía para mis oídos, algo así como una suite de Bach, o mejor algo más oscuro, como La Misa de Réquiem en re menor de Mozart. Centímetro a centímetro conseguí desgarrar fibras de piel. Quería alargar el momento en que la sangre cubriera toda mi mano así que, como si de los preliminares al acto sexual se tratara, acariciaba cada tendón con dulzura.

Acabé antes de lo que esperaba, antes de lo que deseaba. Yo era el tipo perfecto para ese tipo de trabajos, por eso nunca se desharían de mí como con otros hicieron antes.

Desperté de mi ensimismamiento para atender a la petición de explicaciones del jefe:

-Alguien nos ha contado que no sólo te follabas a la guapa rubia, sino que también le contabas nuestros planes. Y ya sabes que eso no se puede hacer…

-Eso no es cierto, sólo la he visto un par de veces. Es buena en la cama, nada más.

Recordé nuestro encuentro unas noches antes. Ella había acabado su turno, yo ya había envuelto el regalo del jefe y lo había dejado sobre el escritorio del pub.

Ambos sabíamos que nuestras promesas eran imposibles de cumplir. Ni ella saldría del mundo de la noche, ni yo era diferente de los hombres con los que trabajaba…

El ambiente propiciaba un apasionado encuentro. Los neones rojos, el alcohol derramándose por nuestros poros, y aquella vieja mesa de billar. La cogí en volandas y observé sus finos labios, pintados de un color caramelo oscuro que empujaba al deseo. El pelo le caía en cascada sobre el pecho. Mirada teñida de vicio.

La saliva de ambos se mezclaba en el cuenco de nuestras pieles. El objetivo esa noche era únicamente poseer al otro como nunca antes. Me besaba con pequeños mordiscos en el cuello, subiendo hasta la oreja. Tal acción combinada con una respiración agitada y un pequeño soplo de aire fresco en la nuca, conseguía que yo perdiera el control por completo. Ella se aprovechaba y lo utilizaba a su antojo.

Nuestras ropas, empapadas de sudor como una segunda piel, acabaron desvaneciéndose al tiempo que nos tumbamos, uno encima del otro, sobre la mesa de billar. Lenguas luchando por ganar la batalla de la posesión. Mientras nuestras manos intentaban recordar cada centímetro de la piel de nuestro acompañante, como intentando desgastarla para que nadie más la disfrutara como nosotros aquella noche.

La frágil dama, se había convertido en una feroz fiera. Lo que no evitaba que susurrara dulcemente las ideas más explícitas jamás escuchadas. Poco a poco, yo subía saboreando todo su cuerpo. Desde su plano y suave vientre, hasta sus turgentes pechos. Comencé a morder la punta de éstos, lo que produjo agudos alaridos en mi fémina acompañante.

Pese a todo, ella era la que manejaba la situación: si ella no abría sus piernas, yo nunca podría introducir mi, ahora palpitante y ansioso, miembro.

Ella se sentía dueña de la situación y por ello quiso seguir jugando un poco más con los ardientes deseos de su misterioso amante. Me colocó dulcemente bajo su suave cuerpo y me lamió el pene, pero no quiso nada más, solo fueron dos lametazos. Yo no acepté la escasa acción y comencé a mostrar mi lado más violento.

Le agarré del cabello y la obligué a terminar el trabajo, pero ella también quería sentir algo húmedo en su vagina, así que tuvo la suficiente perspicacia como para parar a tiempo. Yo pillé su intención y me puse manos a la obra antes de que la otra camarera llegara para cerrar el bar.

Las lentas embestidas se repetían cada vez más rápido, al ritmo que los gritos de ella subían decibelio a decibelio, agudizándose semitono a semitono. Yo sentía un calor húmedo atrapado entre fragmentos de terciopelo y…

Un bofetón de Tony, un hombre cuarentón, de gran altura y aspecto robusto, con barba de tres días, me avisó de que debía atender a la conversación de la mesa:

-¿Me has oído, Charlie? Le hicimos una visita a tu rubia tras el polvo encima de la mesa de billar.

-¿Qué cojones…?

-Sí, la verdad es que fue muy fácil agarrarla sin que se resistiera tras el esfuerzo animal que habíais realizado minutos antes.

-Más te vale no haberle tocado ni un pelo, sino te juro que… -se levantó, pero un fuerte tirón del brazo, procedente de su joven compañero consiguió frenar sus instintos asesinos.

-Te voy a contar paso a paso lo que ocurrió esa noche, para que tengas motivos por los que matarme:

La “putita rubita” (me gusta llamarla así, no te importa ¿verdad?) estaba vistiéndose tras tu despedida y no me vio llegar debido a la oscuridad de ese apestoso y mugriento pub. La agarré por el cuello y pude oler su delicada fragancia de lavanda, camuflada bajo todo ese denso sudor del que la habías empapado. No te puedes hacer una idea de lo que gemía suplicándome que no le hiciera daño tras haberle desvelado ya su desgracia. Me prometió de todo, pero no se daba cuenta de que su vida no valía ni un sucio polvo, ni siquiera una dulce mamada.

Acerqué mi  Desert eagle a su sien y tras saborear su última lágrima con un lametazo en su mejilla de fina piel, apreté el gatillo. Su mirada se tiñó de amapolas al tiempo que sus sesos alzaban el vuelo cual mariposa, y me salpicaban en la cara.

-Ay, ay, ay Charlie… Tienes que aprender cuales son las mujeres correctas. Las mejores son las que parecen unos ángeles en su vida diaria y luego en la cama son unas guarras. No las que son unas zorras durante todo el día.

Estas fueron las palabras que yo necesitaba para perder el control tras el shock sufrido por haber perdido al amor de mi vida. De repente, todo comenzó a ralentizarse. A suceder “a cámara lenta”. Como si el tiempo se moldeara al antojo de seis simples seres, sentados alrededor de una mesa de poker. Los segundos cada vez se asemejaban más a horas.

Me levanté, tirando la silla contra el suelo y, antes de conseguir sacar mi Gamo semiautomática de Co2 de la funda que portaba en el pantalón, una incisiva punzada se adentró en mi córnea. Al principio no pude imaginar qué había ocurrido, pero al sumirme en una profunda oscuridad, me di cuenta de que lo que había conseguido atravesar mi cuenca ocular había sido una bala de alguno de los miserables que en esa mesa se habían reunido.

Sabía que en breve el dolor se incrementaría hasta hacer estallar mi cabeza y, en ese mismo instante, me desplomaría contra el suelo de parqué.

Pero ya no me importaba, porque segundos antes de haberme disparado, ya me habían matado en vida. Ya no merecía la pena vivir. Aunque si me hubieran dejado, los hubiera descuartizado a todos, para así vengar la muerte de mi princesa de burdel.

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