Cigarro en mano

Me sorprendió su falta de pudor. Ahí estaba. Desnuda. Completamente desnuda. Tumbada sobre las sábanas arrugadas. Simplemente fumando. Sin pensar, sin esperar. Sólo disfrutando del humo saliendo suavemente por sus labios. Del calor impregnando su cuerpo desde el pecho. Del placer que le producía chiscar las uñas de la mano con la que sujetaba el cigarrillo.

Ni siquiera se había percatado de que yo seguía en la habitación. Observándola.

Una tenue luz se coló por la ventana, dibujando un dorado puente de pequeñas motas de polvo, que conectaban su lacio pelo con la ruidosa ciudad. El humo la envolvía, dibujando ondulantes líneas que intentaban competir con sus curvas. Pero no lo conseguían. Su piel parecía aún más suave a la vista que al tacto. De hecho, toda ella parecía estar creada bajo la premisa: se mira pero no se toca.

A mí me había dejado tocarla. Pero no sé hasta qué punto había conseguido dejar huella en ella. Estaba comenzando a sentirme incómodo con todo ese silencio, así que decidí sacarla de su ensimismamiento.

-¿Sabes que ya no se lleva lo de fumar desnuda después del sexo?- dije, intentando llamar su atención.

-Es un vicio demasiado arraigado en mí. Me importa un carajo lo que a ti te parezca o te deje de parecer.- contestó ella, de forma brusca pero inofensiva-

-¿Cúando comenzaste a fumar?- pregunté cuando me di cuenta de que aquel maldito silencio quería apoderarse nuevamente de la habitación-

-Pues, con nueve o diez años. Ya sabes, era un pueblo pequeño. Con pocas cosas que hacer. Éramos precoces en todo aquello que nos salvara momentáneamente del aburrimiento.- parecía cómoda con las preguntas directas. Pero no tenía pinta de que le gustara el típico pique al que a mí me encantaba jugar-

-¿Tuviste una infancia dura? -me atreví a preguntar, siguiendo la misma línea. Sin preliminares ni rodeos.

-No más de lo normal. -dijo rápidamente-

Mi última pregunta no había sido acertada. Demasiado amplia. Demasiado hipócrita. Decidí concretar más. Era eso o quedarnos callados hasta que uno de los dos decidiera salir por la puerta.

-No quería incomodarte. Sólo es que me intrigas. Me encantaría saber más sobre tu vida. Sobre ti. Saber qué recuerdos guardas en tu memoria y cuáles escondes. No quiero que esta noche se quede en nada.

-Lo siento pero creo que eso va a ser imposible. Da gracias porque no haya salido corriendo ya de la habitación. Creo que por el momento, lo máximo a lo que puedes aspirar es a seguir observándome en silencio. -concluyó, casi en un suspiro-

Y siguió fumando. Un cigarrillo más. Se dio la vuelta y se enrolló la sábana como una túnica. Su mirada seguía opaca. Como si no enfocara a ninguna parte. Toda ella me intrigaba. Dirigió sus ojos hacia mí y dijo:

-¿Pedimos el desayuno?

Era más de lo que esperaba. Así que asentí y me dispuse a desayunar con la mujer más misteriosa del mundo. De momento me conformaba sólo con eso. Pero no iba a dejar que se escapara tan fácilmente.

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