Aria (II)

Llegué a Luskan. Ya era de noche, pero por suerte encontré un lugar barato donde cenar y dormir. Se trataba de una lúgubre posada. Nada más entrar, me recibió un agujereado mostrador de madera cuyas habitantes, las termitas, me invitaron amablemente a pasar y tomar asiento.

En sus mesas podías encontrar personajes de lo más variopinto y siniestro. Mis ojos se centraron drásticamente en un hombre sentado en la última mesa, a la cual no llegaba la luz de la lumbre. En aquella oscuridad sólo se distinguían unos grandes ojos verdes, que bajo una capucha que escondía todo su rostro, divagaban entre el humo y el polvo. Aquella aura que le envolvía me cautivó inmediatamente, tanto que pensé que quizá debería acercarme para charlar un rato. Pero no. No estaba allí para hacer vida social, estaba allí para evitar que me ahorcaran y para encontrar una solución que evitase la caída de mi reino.

Subí a mi habitación, me metí en la cama e intenté descansar. Hacía demasiado calor en aquella habitación. Casi no se podía pensar. Abrí la ventana y comencé a meditar sobre cómo continuar mi camino. De repente una llama de fuego me chamuscó las alas. Me levanté de un salto y descubrí que la habitación estaba en llamas.

Pero ya no me encontraba en la habitación en la que me había dormido. Ahora volvía a estar en mi habitación del reino de las hadas. Histérica, intenté descubrir cuál podía ser el truco de todo este embrollo y me dirigí al dormitorio principal. Allí se encontraba mi madre, atada a una cama y ardiendo entre las llamas. A su lado se situaban dos hombres y una mujer. Bajé las escaleras del palacio en busca de ayuda, pero no encontré a nadie. De repente, en una de las mesas del recibidor encontré a un hombre.

“¡Espera! Ese hombre es el de la posada ¿estoy soñando?”

-Qué te sucede, pequeña hada…- me dijo el extraño de ojos verdes.-

-Lo siento, creo que estaba soñando y he debido de bajar las escaleras sonámbula- ahora, gracias a la luz de la luna, se podía distinguir en su rostro un elegante semblante, propio de un elfo.

-Ten más cuidado, en un lugar como este no se sabe lo que le pude pasar a una jovencita como tú.-

-Disculpa el atrevimiento, pero tu rostro me es muy familiar. ¿Te conozco de algo?-

-Simplemente soy un mercader, un ser que se mueve de aquí para allá sin ningún objetivo en concreto. ¿Y tú, quién eres?-

Vacilé ante una pregunta tan directa. Pero decidí que era mejor mentir. Aunque no del todo, ya que mi apariencia y su familiar recuerdo me inclinaban a pensar que debía descubrir más de aquel mercader.

-Soy una de las damas de compañía del reino de las hadas. Me han encargado una misión muy importante, la de descubrir el motivo del asesinato de la reina de mi pueblo, cometido hace cinco años.

-Umm… algo me dice que no es del todo cierto lo que me cuentas, pero no voy a dejar que un ser tan indefenso como tú ande solo por estas peligrosas tierras.-

-Yo creo que lo mejor va a ser que mañana hablemos más detenidamente. Que me expliques mejor quién eres y a qué te dedicas. Y luego ya veremos si nuestros caminos se juntan o permanecen separados. Buenas noches.-

-Dulces sueños, princesa…- susurró, casi en un suspiro.-

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