La historia de mi vida

Érase una vez mi vida. No os creáis que fue nada interesante, pero incluso la más pequeña historia tiene derecho a ser contada. Nací en Alemania, en una abarrotada y sucia ciudad llamada Berlín. Nunca me gustó ese sitio, con esas formas de hablar, bla bla bla… Pero, como ya os he dicho, esta no es una historia divertida, menos aún mis primeros años de vida, así que iré al grano.

Estaba en uno de los ríos más caudalosos de Argentina, no me preguntéis cómo llegué allí. La corriente me arrastraba y todas mis partes golpeaban los troncos y piedras ¿o eran ellas las que me golpeaban? Bueno, el caso es que cuando observas esa luz al final del túnel y ves pasar la vida ante tus ojos, sientes miedo, nostalgia y tristeza. Creo que intentas sentir en ese momento todos los demás sentimientos que no te ha dado tiempo a sentir en tu vida.

En el momento en que toda esperanza estaba perdida, una fuerte mano me agarró y, como si de un gigante se tratase, me arrancó de las fauces de ese condenado río. A partir de entonces él se convirtió en mi mejor amigo, mentor, incluso fue como un padre.

Al cabo de no mucho tiempo ya éramos inseparables, íbamos juntos a todas partes. Era todo lo que yo deseaba ser en esta vida. Y no porque tuviera mucho dinero (era un mísero carpintero que ejercía como manitas en todo el vecindario), sino por su enorme corazón.

Fue su positivismo lo que siempre me llamó la atención. No he visto persona con más problemas y con más alegría; su optimismo no tenía fin. La suya era una extraordinaria forma de ver el mundo. Se levantaba cada día y cumplía un sueño (haberse levantado) e inmediatamente estaba radiante de felicidad, porque iba a cumplir su segundo sueño en cinco minutos (poder desayunar) ¡¿no es increíble?!

Era autónomo, así que eso me permitía ir con él al trabajo y que me contara sus historias, sus anécdotas… Siempre se quejó de que no hablase mucho, pero qué le vamos a hacer (cada uno es como es, ¿no?). Después del trabajo siempre iba a misa, cuando entrábamos me cogía con sus manos y me sentaba en sus rodillas, extraña manía. Luego íbamos a casa juntos y preparaba algo de comer; me sentaba en la mesa junto a él y al terminar, pasábamos el rato junto a una vieja radio, para finalmente irnos a dormir.

Nuestros días eran monótonos pero no por ello aburridos. Recuerdo un día en el que me caí, con tan mala fortuna que un coche me golpeó. El conductor ni se detuvo, ¡será sinvergüenza! Pero mi buen amigo rápidamente me llevó a casa y él mismo me cosió la brecha, que me selló a la perfección:

– Esto lo he hecho yo mil veces no te preocupes.

Pasaron años y nosotros seguimos tan unidos como el primer día, no nos separábamos ni un minuto. La gente le decía:

– ¿No lo vas a dejar en casa ni un solo día?

– ¡Qué va! es mi más fiel compañero, además ¿qué iba hacer él sin mí?

¿Qué, qué iba hacer sin él? ¡Será chulo el tío! Si con lo estilizado que era, mi mera presencia le daba un aspecto más elegante. Y bueno, no es por presumir pero, siempre he estado por encima de él.

Pasaron varios años y llegó su jubilación, y con la pésima pensión que recibía del Estado, no tardó en enfermar. Por desgracia, la suerte no acompaña a los buenos, y a sus 65 años de edad, le pronosticaron un mes o dos de vida.

Él parecía radiante de felicidad:

– Dos meses – me decía – ¿sabes lo que puedo hacer yo en dos meses? Arreglaré el mundo ya lo verás -. Pero esta vez, ni su radiante sonrisa podía eclipsar mi más profunda tristeza.

Al fin llegó el día y murió. Sus últimas palabras fueron las mismas de siempre al terminar la jornada:

– Buenas noches.

Su pequeña fortuna fue empleada para darle un entierro digno, al que sólo yo y un viejo amigo asistimos. En el momento en el que mi gran amigo y compañero dejó este mundo, yo lo dejé también. Mi cuerpo estaba presente pero mi alma se fue con él. Y así, cumpliendo mi deseo y el de mi gran amigo, fui arrojado a su tumba. Me acurruqué entre su pelo y cuando estábamos ya bajo tierra, me sentí bien, a gusto. Cumplí mi promesa de estar siempre a su lado y me sentí el sombrero más feliz del mundo.

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