Aria ( I )

“Querido diario:

Mi tiempo en este lugar ha terminado. Ya nada me ata a la vida. Ni siquiera me quedaré para ver el entierro de mi padre. No quiero perder el tiempo en un ritual en el que ni él mismo creía. Si por mí fuera lo incineraría y usaría las cenizas como abono para sus amadas plantas. Pero si lo hiciera me acusarían de hereje y en pocos días estaría enterrada junto a él. Así que mañana muy temprano abandonaré este lugar. Me iré a un lugar donde no huela a podrido caciquismo y estupidez humana. Es tarde y debo partir ya. Así que ésta será la última vez que te escribo. Hasta siempre, mi pequeño amigo.”

Era el momento de irse. De acabar con todo. Pero en ese instante, una de las hojas de mi pequeño diario cobró vida. Casi había olvidado que aquel papel provenía del bosque en el que me encontraba, donde los árboles cobraban vida para debatir, cada noche y durante millones de años, diferentes cuestiones filosóficas.

La sabia hoja me dijo:

-Pequeña Aria, no puedes huir y deshacerte de tus obligaciones como los cobardes. Tu sangre real te impedirá cometer tal error-

Yo, con lágrimas en los ojos, contesté:

-Ya fallé a mi linaje y a mi honor cuando intenté matar a mi reina- en ese momento, pese a que mi cuerpo se encontraba en aquel bosque, mi mente viajó hasta el momento fatídico en el que su vida cambiaría para siempre-.

El reino de las hadas, como también era llamado, llevaba sumido en una profunda oscuridad desde hacía años. La causa de esta degeneración se hallaba en el hecho de que mi padre (tras perder a mi madre por una triste coincidencia) se casó con una avara hada que siempre había soñado con poseer todo el poder del mundo, costara lo que costara. Un hada que jamás le quiso, sólo deseó su poder. Ella tenía un hijo de un matrimonio anterior a quien, pese a ser de su sangre, ni siquiera amaba.

Sin embargo, yo sí que supe amar a aquel ser que tantas alegrías me dio cuando mi reino se hundía en el caciquismo de mi egocéntrica madrastra. La reina se enteró de nuestro amor y, debido a que nuestro matrimonio podía arrebatarle, a la hora de la herencia, todo el poder que había conseguido, no dudó en matar a su propio hijo mediante unos complicados hechizos que no dejaron pruebas del delito.

Todo ello nos lleva al momento del desafortunado intento, por mi parte, de matar a mi reina. Quien, si seguía con vida, llevaría a mi pueblo a su final. En el preciso momento en el que mi flecha se despegaba del arco para acabar con la reina, mi padre (ciego de amor) se interpuso y murió en el instante. La reina se desmayó pero vislumbró toda la escena.

Mi mente y mi cuerpo volvieron a reencontrarse y siguieron con su intento de darse muerte, cuando de repente un joven impidió mi deseo.

Al principio pensé que se trataba de un guardia y que los barrotes de mi celda sería lo siguiente que vería el resto de mi vida. Pero no, sólo se trataba de Mel. Un joven humano que fue adoptado por una familia del lugar. Era tratado con hospitalidad pese a su diferencia de raza. Pero no encajaba completamente en el lugar y anhelaba huir en busca de su sitio en el mundo.

– Ya basta, ya se ha derramado suficiente sangre. Además, suerte tienes de que sólo te haya visto yo – me advirtió – Ve a casa y prepara tu marcha o si no reza porque tu madrastra pierda el norte.

Asentí con la cabeza, entre aturdida y asustada, y corrí a mi lujosa casa-árbol. Allí me preparé, reflexioné y, durante la madrugada, me fui. Abandonaría mi amado reino y me dirigiría a Luskan una ciudad comercial donde transitaban personajes de lo más variopinto y múltiples razas, un buen lugar para esconderse.

Inicié la marcha con el sol a mi izquierda.

Partí como una princesa, pero en pocas horas no sería más que una nómada.

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