Traje de cristal

Y allí, sentada frente al delicado mantel de un restaurante de lujo. Sólo allí, volví a percibir tu delicado perfume. No podía ser. Hacía años que no nos encontrábamos. Desde aquel fin de semana en Logroño. Juraría que te encontrabas justo detrás de mí, sentado a una mesa. Pero habían pasado ya demasiados años y estaba a muchos kilómetros de España como para que pudieras ser tú.

Qué sensible es el sentido del olfato a la hora de recordar tiempos pasados, ¿verdad? En una pequeña porción de tiempo fui capaz de revivir nuestro amor a primera vista. Sin querer encontrarnos, sin tener nada que ver. Sé que tú te sigues viendo con muchas otras, pero en mí se quedó grabada tu huella.

Al verte la primera vez, me quedé sin palabras. Te encontré en una de las fuentes que se colorean de rojo para celebrar San Mateo. Yo vestía de un blanco impoluto que rápidamente tú manchaste con tu fantasía. Agarrada a ti saboreé cada rincón de La Rioja. Pero tu ausencia llegó y ningún otro pudo saciar ya mi sed.

Volví al presente, al restaurante y a mi soledad. Necesité de toda mi valentía para girarme y descubrir si realmente estabas allí. Y efectivamente, tu aura burdeos no había desaparecido. Y allí, sólo allí, decidí acercarte a mí diciendo:

“Camarero, tráigame una botella de Rioja”

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