El misterio de la Calle Murallas (parte final)

Ya han pasado 24 horas y la policía aún no ha encontrado al sospechoso. He conseguido acompañar a mi colega en la búsqueda por una de las rutas ya investigadas ayer. La oscuridad me hace difícil concentrarme en encontrar al matrimonio desaparecido. Estoy más pendiente de no tropezar con alguna rama caída. Estas linternas, dinamos, son muy prácticas para arreglar las averías caseras, pero no para una investigación policial.

Mi compañero decide que es una buena idea dividirse, ya que conseguiremos acabar en menos tiempo. Le entiendo, con la nevada que ha caído, el cuerpo pide a gritos una buena taza de café caliente.

Me adentro por un estrecho sendero nevado, dibujado entre setos de dos metros de altura. Mis paranoias habituales afloran, consiguiendo que mi imaginación vuele. Comienzo a pensar que en cualquier momento un delgado hombre de ojos saltones me va a atacar por la espalda. Pero mi pesadilla se hace realidad cuando un musculado brazo me rodea el cuello intentando acallar mis susurrantes alaridos.

Intento averiguar de forma lógica quién puede ser mi agresor, pero mi estrepitosa ilusión por soñar, de la que ni siquiera en momentos como estos puedo desprenderme, me hace pensar que se puede tratar de uno de los integrantes de la supuesta “agencia secreta” a la que hacía referencia el marido. Pero ni siquiera alguien como yo puede mantenerse impasible ante un ataque mortal contra su persona. Noto como la sangre intenta escapar por mis pupilas, como mi laringe está a punto de ceder a la fuerza bruta y el oxígeno no llega a mi pecho. En ese momento todo se oscurece y siento cómo me desvanezco sobre la nieve.

Mi despertar no tiene nada que ver con el brutal e invernal final de la noche anterior. ¿O quizá ha pasado aún más tiempo? ¿Quizá he muerto en mi intento por cazar el mejor artículo de investigación de la facultad?

Un fugaz aunque intenso rayo de sol me obliga a abrir los ojos. Me encuentro en un inmaculado habitáculo, blanco y brillante, que mucho se parece al limbo, o en su defecto, a una habitación de hospital. En ella, dos seres se miran con una mezcla de melancolía y pasión. Seguramente dos almas gemelas destinadas a permanecer separadas. Por sus uniformes, deduzco que son la enfermera y el médico que me tratan actualmente.

Pero antes de comenzar a escribir mentalmente una preciosa historia de amor platónico sobre aquellos dos trabajadores; veo cómo Juan, acompañado por su jefe, el comisario, entran para explicarme lo sucedido.

Se ve que mi agresor era el marido fugado y que no acabó conmigo de casualidad, gracias a que Juan escuchó unos extraños ruidos y decidió acercarse a ver qué sucedía. Ahora recuerdo un poco mejor lo sucedido. Me intentó asfixiar y justo llegó mi salvador en el momento en el que yo me desplomaba contra el suelo.

El comisario es realmente el que me desvela el misterio, gracias a unas interesantes declaraciones de la hermana de Marta. Pero antes me cuenta que el cuerpo de Marta ha sido encontrado en uno de los contenedores cercanos a la casa y junto a una pequeña nota en la que decía así:

“Ella ha descubierto nuestro plan y ha intentado disuadirme del objetivo. Así que no he tenido más remedio que acabar con ella. Ahora vosotros terminad el trabajo y evitad que la policía encuentre pistas.”

El examen forense indica que la causa de la muerte de aquella mujer ha sido una gran caída, seguramente desde el cuarto piso en el que vivía. Gracias a la nota, tengo claro quién es el culpable del homicidio. Pero sigo sin comprender por qué lo ha hecho, ni a quién se dirige aquella nota.

Poco después el comisario aclara mis dudas. Me explica que han podido contactar con la familia más cercana de la fallecida. Se trata de su hermana. Ella vive en Suiza, pero han conseguido que viniera hasta nuestra comisaría para someterla a un pequeño interrogatorio y para darle el pésame por la trágica pérdida que, horas antes, le habían comunicado.

Según me cuentan y más tarde veo en la grabación del interrogatorio (benditas habitaciones de hospital con televisión), la hermana de Marta, seria y compungida, explica de la siguiente forma la “situación extrema” a la que se refería en sus cartas:

“… el médico les explicó que se trataba de esquizofrenia paranoide. Para disminuir los efectos de esta enfermedad, es necesario medicarse de forma constante y diaria: cosa que era casi imposible con Roberto. Él se negaba a tomar su dosis diaria, ya que decía que le dormía e incapacitaba a la hora de desempeñar su vida habitual. Mi hermana le perseguía por toda la casa pese a sus negativas, gritando para que se tomara la medicación, pero nunca lo consiguió. Por lo que los síntomas comenzaron a aumentar hasta el momento en el que Roberto construyó su propia realidad. Realidad en la que él era un alto mandatario del ejército e integrante de un grupo radical que planeaba ejecutar un golpe de estado para establecer una nueva dictadura en España. Para conseguirlo, Roberto recibiría un paquete con las instrucciones de la parte del plan que él debía desempeñar, lo antes posible en su dirección.

Esperó durante meses ese paquete. Yo mientras tanto, escribía a mi hermana rogándole que le ingresara en una clínica o le abandonara. No podía seguir así. Pese a mis esfuerzos por ayudarla a encontrar su felicidad, ella no podía cargar moralmente con los remordimientos de abandonar en su peor momento a la persona a la que más había amado.

Y el resto, hasta el día de hoy me lo habéis contado vosotros.”

Parece que al final hemos atado todos los cabos sueltos. El marido está apresado y medicado, por lo que dudo mucho que pueda volver a atacar a alguien más. Hemos conseguido desvelar este misterio y yo tengo un buen artículo para la revista de la facultad. Todos salimos ganando.

Pero antes de que Juan y el comisario salieran de la habitación, me ha parecido oír una conversación entre ellos sobre un nuevo caso. Segundos después han llamado al comisario y tras colgar, le ha comentado a Juan: “La autopsia ha determinado que ha sido asesinado en el mismo lugar donde estaba sentado y que la bala ha sido disparada desde una distancia de unos 30 metros”. Tantas son las ganas que me ha suscitado este último misterio, que no puedo reprimir los deseos de preguntarle a mi colega Juan de qué se trata el nuevo enigma.

Juan me hace prometer que no me entrometeré en el caso y me explica que hace unas horas han encontrado a un hombre muerto en una habitación del piso 39 de un hotel. El cuarto estaba cerrado con llave desde dentro y el hombre estaba sentado en una silla dando la espalda a una de las ventanas. La alfombra de debajo de la ventana estaba húmeda. El único ruido que se oía era el del aire acondicionado. Una bala había entrado por la parte posterior de la cabeza hasta alojarse en la base del cráneo. Además, la ventana estaba cerrada por dentro y ningún cristal estaba roto.

¿Cómo se cometió el asesinato? ¿Por qué la alfombra estaba húmeda? Parece un caso interesante para un nuevo artículo.

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