Perlas

Me acerqué a ella hasta rozar sus labios. El beso duró los pocos segundos que me otorgó el shock pasajero que le había causado tal proximidad. La oscuridad bañada por los focos rojos que violaban el techo de aquel mugroso bar conseguía acaparar la atención de todos los consumidores que, en éxtasis de valor, intentaban bucear por los ritmos machacones del mejor rock internacional. La pegajosa barra del bar esperaba ser limpiada mientras un soñoliento artista intentaba asesinar el profundo hastío que sentía plantado frente a una de sus esquinas oscuras.

El humo revestía sus infinitos ojos, ahora disfrazados de inocencia y arrepentimiento, mientras su mente ideaba la excusa que le salvara del atolladero en el que se había encerrado al dejarse besar por una desconocida delante de su novia.

-Pero, ¿qué haces?- me gritó ella mientras me apartaba de su boca violentamente.

-Creía que en tu cultura se saludaba así a todo el mundo, teniendo en cuenta que tú lo acabas de hacer con mi novio- repuse yo con ironía y dolor.-

-Ah… pero tú…-

-No te preocupes, yo ya no soy un problema para ti- contesté alejándome bruscamente.-

Sentí el latido de mi corazón en los oídos. Palpitaba como si estuviera masticando cristales. Sentí cómo mi cuerpo se deslizaba por los tres escalones que separaban las dos secciones del bar. Mi cabeza aterrizó contra la puntiaguda esquina del marco que contenía una famosa fotografía de “The Beatles”. El bar se tiñó de turquesa y, de repente, lo vi todo más claro.

Ángel se acercó a mí y me enredó entre sus brazos. El calor de la venganza me atropelló y en la escasa lucidez que me quedaba, le dije:

-Me… has defraudado…- antes de desmayarme por completo.-

En ese momento deseé morirme. Toda mi vida se había desvanecido en aquel mugriento bar y lo único que deseaba era que el culpable sufriera el resto de sus días por el dolor que me había causado.

Un resplandor perfectamente acompasado con unos desgarradores pitidos me hicieron abrir los ojos. Estaba rodeada de cables y flotaba sobre un lecho blanco. Ángel estaba a mi lado, cogiéndome de la mano en la distancia.

-No te preocupes, estoy a tu lado- repetía en un susurro que me hizo recordar las noches pasadas en las que me abrazaba utilizando todo su cuerpo en una de esas camas diminutas en las que estaba prohibido que los pacientes durmieran con sus visitas.-

Durante un segundo el rencor quedó anulado por todos los recuerdos que compartimos en el hospital. Me sentía vacía, como si la confianza de mi corazón ahora no estuviera en el mismo ventrículo. O quizá, lo que sentía era el parón que ese pequeño músculo había sufrido.

-Un, dos, tres ¡fuera!- repetía un hombre corpulento y de largo cabello dorado que se acercaba a mi cuerpo con un par de paletas.-

La descarga eléctrica alcanzó todos los poros de mi piel que, tras tantos intentos, comenzaba a desperdigar un intenso olor a chamusquina. La ambulancia se convirtió en un gran arcón que, al más puro estilo pirata, se inundaba poco a poco de preciosas perlas que Ángel me regalaba como bandera blanca en nuestra absurda disputa.

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