El vigilante nocturno

Desde aquí observo el gran salón que, iluminado por los rayos de sol que se cuelan a través de los espectaculares ventanales, alberga día a día a montones de estudiantes entusiasmados por bailar.

Soy el único que puede ver a esa chica que noche tras noche desfoga su ilusión. Ilusión que resbala por su piel, ilusión que brota de todos los poros de su cuerpo, empapando su gran camiseta gris. Gris como su vida cuando no baila, gris como su mente cuando se pregunta si todo esto merece la pena.

Tengo el placer de ayudar a esta bailarina en sus ensayos nocturnos, el placer de reflejar todos y cada uno de los detalles de esa danza hipnotizante.

Ya he aprendido el método de Alma, cuando algo no sale como a ella le gusta, lo repite ocho veces hasta que sale bien todas y cada una de las ocho, de manera consecutiva; porque si no, el marcador baja estrepitosamente a cero.

Hoy Alma estaba triste y no sé el porqué. Tampoco es lo importante. Lo realmente esencial es que después de tres horas sudando, resbalando lágrimas escondidas por sus mejillas, su sonrisa ha vuelto a aflorar. Otro logro en mi revolución de sonrisas.

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