Cuero Rojo (final)

Cuero Rojo

Ya en el avión, recordaba aquella vez en la que en medio de la nada él me propuso bailar. Le pregunté cómo pretendía bailar sin música y él respondió:

-Bueno, yo la crearé. Tata, tata, tata titum…

-Tienes un oído horrible, pero me encanta esa canción – respondí.

No pude evitar volver a llorar una vez más. Todo me recordaba a él.

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“Han pasado 20 años, pero ahora que vuelvo a Arnedo, es como si no hubiera pasado ni un segundo.”

Su apariencia había cambiado, su barba se había vuelto blanca y ya no se arreglaba como antes. Pero le gustaba ser así, no se sentía cómodo intentando aparentar lo que no era.

“Miro hacia atrás y veo cómo mi carrera y mi obra han ido en declive año tras año. Supongo que no podía vivir eternamente de las sobras del éxito.”

Ese éxito, seguía teniendo la misma forma que años atrás, un precioso zapato rojo. Ahora, frente a su antigua casa, Vicente recordó las últimas palabras de Aroa antes de montarse en un coche para no verle nunca más.  «Olvídame, ya seré yo la que te recuerde»”

Siguió vagabundeando por la ciudad. Recordando y reflexionando sobre su vida durante las dos últimas décadas. Giraba una esquina mientras estos pensamientos se agolpaban en su cabeza, y de repente una pequeña niña de unos doce años chocó contra él.

– Perdón. -susurró la niña acelerando el paso.-

– Espera un momento -dijo Vicente. Esos rizos rojizos le sonaban de algo.-

-Mi madre siempre me dice que no hable con extraños. -explicó la niña un poco nerviosa.-

-Tu madre tiene mucha razón, pero es que creo que soy un amigo suyo. Si me dices como te llamas, por el segundo apellido podré cerciorarme.

-Me llamo Amalia Muñoz Vega.

-Y eres hija de Aroa Vega, ¿verdad? Tienes sus mismos ojos verdes…

-¿Y de qué conoces tú a mi madre? -preguntó Amalia, aún desconfiada.-

-Nos conocimos en Berlín, salimos juntos durante casi medio año. Después, perdimos el contacto.

-Mi madre casi nunca habla de Berlín. Y si alguna vez lo hace, se pone muy triste.

-¿Por qué? -Vicente no se podía creer la enorme casualidad que conllevaba este encuentro, pero no iba a desperdiciar la oportunidad de volver a ponerse en contacto con Aroa.-

-No lo sé. Algunas veces comienza a hablar sobre cuando estaba en la orquesta de allí, pero poco después deja de sonreír y se calla.

-¿Desde cuándo vivís en esta ciudad?

– Hace cinco años que vinimos a España. -Amalia comenzaba a sentirse incómoda con tanta pregunta.-

– Veo que llevas un maletín, si no me equivoco será un clarinete. -Vicente notó su incomodidad y decidió ganarse su confianza.-

-Sí… es que vengo de la escuela de música.

-¿Y qué crees, que es mejor el oboe o el clarinete?

-El clarinete es mucho mejor que el oboe. Siempre se lo digo a mi madre, pero ella no quiere reconocerlo. -afirmó Amalia, un poco más cómoda con el tema de conversación.-

Estaban parados en medio de la acera. Algunas personas les dedicaron miradas críticas y susurros acusadores. Vicente se dio cuenta, pero no le importaba. Seguiría hablando con aquella niña el tiempo que le diera la gana.

-¿Quieres mucho a tu madre?

-Sí, de mayor quiero ser como ella. Es una de las personas más valientes que conozco…

-Se está haciendo de noche pero ¿me dejas que te enseñe una cosa que más tarde quiero que le muestres a tu madre?

-No sé si es una buena idea. -dudó Amalia, inteligente pero desconfiada.-

-Después voy a escribir una pequeña carta para que le entregues a tu madre, te prometo que le va a hacer muy feliz.

-Ummm… Pero no puede ser más de media hora, si no llegaré tarde a cenar. -pese a todo, a Amalia le costaba mucho decir que no a las buenas personas.-

Dieron un pequeño paseo por la ciudad mientras Vicente le contaba a Amalia cómo logró conquistar a su madre, su bohemio estilo de vida y los meses que compartieron juntos. Sintió la vena paternal y decidió incluso transmitirle una enseñanza vital:

-Te voy a explicar una cosa: el tiempo no existe, sólo tiene la importancia que nosotros le queremos dar. No conseguirás jamás hacer una cosa del todo bien si no te centras en ella en el presente. Aprovecha el momento, porque si siempre estás pensando en el futuro, cuando llegue ¿en qué vas a pensar?, ¿en el siguiente futuro, hasta que te des cuenta de que nunca has vivido el momento presente? -Amalia se quedó impresionada por las palabras de Vicente. Nunca nadie le había hablado así.-

La llevó hasta una calle vacía en plena noche. Amalia comenzó a tener miedo, pero una extraña sensación le hacía confiar en que ese hombre no podía hacer mal a nadie.

Vicente se tumbó en medio de la carretera:

-¡Si te pones ahí te atropellarán! -gritó la niña, algo asustada.-

-¿Qué coches? Tú también podrías hacerlo si quisieras.

–No.

-¿Por qué no?

-Yo que sé ¿Quieres levantarte de ahí?

-¿Te das cuenta? Eres como tu madre, tú nunca haces lo que quieres, por eso no eres libre.

Con estas palabras consiguió lo que quería. La niña se tumbó a su lado. Realmente sí que era como su madre, en cuanto le decían que no podía hacer algo, ponía todas sus ganas en demostrar que se equivocaban.

-¿Qué pasa si viene un coche? -preguntó Amalia arrepintiéndose de haberle hecho caso.-

-Morirás.

-¡¿Qué?!

-Relájate. Ambas tenéis que aprender a confiar. -para Vicente, estos minutos eran la oportunidad de revivir el medio año junto a Aroa.-

-De acuerdo. La fotografía.

-¿Cómo?

-Has dicho que nunca hago lo que quiero. Sí que lo hago, la fotografía es lo que me gusta.

-Oyeron el claxon de un coche, y se levantaron lo más rápido que pudieron.

No podían dejar de reírse. Más tarde, él escribió unas palabras en un trozo de papel, lo dobló y le pidió que se lo entregara a su madre. Antes de despedirse, las palabras de Amalia consiguieron dejarle sin respiración, tal y como muchas veces Aroa había conseguido:

-No me extraña que mamá se enamorara de ti…

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«Eres una mujer inteligente, te puedes hacer una idea de quién soy. Ahora que he visto que has vuelto a este lugar que un día proclamamos como nuestro, me he cerciorado de que nuestra historia nunca acabó. De que has cumplido tu última promesa «Olvídame, ya seré yo la que te recuerde» Sólo quiero decirte, que me has enseñado la lección más dura de mi vida, pero que sin ti mi camino nunca hubiera sido lo mismo: “El esfuerzo sin talento valdrá poco, pero el talento sin esfuerzo no vale absolutamente nada” Te quiero, siempre te querré. Y nos volveremos a querer aunque sea dentro de otros 20 años. Mi última promesa es ésta: Volveré a correr tras tus zapatos rojos…»

FIN

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