Cuero Rojo (segunda parte)

Cuero Rojo

Algo detrás de mí me asustó. Un gran ruido. Alguien se había caído al suelo muy cerca de mí.

-¿Quieres tomar un café conmigo?

Me volví tras escuchar la petición bajo mis pies.

-No.

-¿Por qué?

-Pues, porque no quiero, ¿de dónde has salido tú?, ni siquiera te conozco. -dije con tono displicente.-

Oí refunfuñar a alguien y me di cuenta de que aquel muchacho estaba siendo aplastado por un hombre más mayor y algo desaliñado. Parecía pesado, no entiendo cómo no intentaba liberarse de la carga.

-Dame una oportunidad. Me llamo Vicente Zubiaga. Sal conmigo.

-¿Pero qué dices? Anda, levántate. Ve con este señor y haz el favor de pagar lo que te pide.

-Está bien. Tú me has obligado, después no quiero quejas…

Más ágil de lo que todos los de alrededor podíamos imaginar, Vicente se levantó y liberó de su opresor de un salto. Se acercó corriendo a la barandilla del puente que cruzábamos y la saltó, quedando suspendido en el aire, sólo agarrado por las manos.

-Baja de ahí, ¿pero qué haces?

-¿Vas a salir conmigo? -preguntó Vicente con mirada tierna.-

-¿Estas loco? Ni hablar…

-¿Nunca?

-Nunca.

-¿Por qué no? -insistió Vicente.-

-No lo sé… será porque ¡no quiero! -concluí impasible.-

El hombre del delantal no salía de su asombro. Repetía una y otra vez que solo quería que le pagara el café, que después ya podía tirarse y despeñarse a gusto.

-De acuerdo, no me dejas otra opción. Te lo preguntaré una vez más -se descolgó de una mano- ¿saldrás o no saldrás conmigo?

-Sujétate a la barra ¡IDIOTA!

-No lo haré hasta que aceptes… ¡vaya! creo que me estoy resbalando.

-Sucio embaucador, si te crees tan inteligente, vale, acepto. -dije muy enfadada.-

-No lo hagas si no quieres.

-No, no, quiero hacerlo. -mostré una sonrisa socarrona sin querer.-

-¿Seguro?

-Si.

-¡Dilo! -gritó Vicente orgulloso de su hazaña.-

-Quiero salir contigo…

-¡Otra vez!

-¡Quiero salir contigo! -fingí como buena actriz que soy.-

-Está bien, está bien, saldremos si tanto insistes.

-Eres un engreído, lo sabes ¿no? -esa última frase le hizo más atractivo-

-Pero, ¡a que te gusta!

-Ahora si me disculpas, me tengo que ir… -concluí de forma altiva, dándome la vuelta de forma elegante y dirigiéndome con paso firme a mi primer día de trabajo.-

————————————————————————————————————–

Ya en su taller, Vicente intentó ponerse a trabajar. Pero no podía concentrarse. Se supone que había salido tras ella porque le había inspirado, porque había creído encontrar a su musa perdida. Pero ahora, lo único que inundaba su cabeza era el recuerdo de sus ojos, de su cabello, de sus zapatos. “¡Ahá! ZAPATOS…”

Ella, finalmente, llegó a la Universidad a tiempo. Y allí, sus alumnos de “Historia del Arte” la sorprendieron casi tanto como aquel extraño tipo que había ayudado a que el primer día del resto de su vida fuera inolvidable. No había sido como ella se había imaginado, ya que no había aparecido por ningún lado un escenario, ni un elegante, largo y negro vestido. Ni siquiera unos focos, ni unos aplausos. Pero había sucedido algo más importante para ella. Había conseguido transmitir sus pensamientos, ideas y valores a otras personas. Al fin y al cabo, el objetivo era el mismo, ¿no?

Lo que ahora se planteaba, era si aquel tipo había tenido algo que ver en su cambio de humor, en que su optimismo aparentemente oculto, hubiera vuelto a brillar como el primer día.

La noche volvió a cubrir la ciudad como siempre, haciendo aparecer pequeñas lucecitas que por separado parecían insignificantes, pero que unidas conseguían iluminar hasta la más oscura de las desesperaciones.

————————————————————————————————————–

-¿Me recuerdas?

-Sí, claro, el suicida que intentó chantajearme ayer. ¿Cómo te iba a olvidar? -dije como si hubiera sido una casualidad tomar el mismo camino para ir a trabajar que el día anterior.-

-Bueno, quería aclararlo porque lo lamento mucho, fue una auténtica estupidez. Pero necesitaba conocerte. Me atrajiste desde que te vi. Y no te equivoques, ni siquiera había visto esos preciosos ojos verdes ni tu radiante cabello. Sólo y de refilón, tus zapatos… y hubo algo en tu caminar que me hipnotizó.

-Oooh, eres un cuentista. ¿A todas les cuentas la misma historia? No serás escritor, o peor aún, músico ¿no?

-No. ¿Qué haces esta noche? -volvió a insistir.-

-¿Qué?

-O mañana, o el fin de semana, cuando quieras…

-¿Por qué?

-Para nuestra cita.

-¿Qué cita? -me hice la loca.-

-La que me prometiste… -dijo ya algo desesperanzado.-

-No.

-¡Claro que sí, lo prometiste ayer en la calle, todos pudieron oírte, fue una petición en público!

-Bueno, pero he cambiado de opinión. -me dí cuenta de que tenía que olvidarme de él si no quería hacerle daño-

-Escucha, lo entiendo, un desconocido te aborda de improviso por la calle. Tú no me conoces pero yo me conozco, y cuando veo algo que me gusta…¡¡Dios!! He de tenerlo.

-Vaya, y ese algo ¿qué es?

-Pues, tú.

-Jajaja, eres bueno… eres muy bueno. -consiguió sonrojarme.-

-No, yo no suelo ser así, lo siento. Puedo ser serio si quieres, divertido, ingenioso, valiente, un payaso. Seré lo que tú quieras. Dime qué quieres y lo seré por ti.

-Eres idiota… -dije entre maliciosa y socarronamente.-

-También podría serlo, no se me daría del todo mal ¡Vamos! Una sola cita… -Vicente comenzaba a sentirse como un acosador de manual.-

-Lo siento, ¡pero no!

-¿Qué hago para que cambies de opinión?

-Eso lo dejo en tus manos, seguro que se te ocurre algo. -concluí sabiendo que estaba siendo cruel, dándole falsas esperanzas a propósito. Pero es que era tan tierno. A lo mejor, finalmente, conseguía hacerme cambiar de opinión.-

————————————————————————————————————–

Ella andaba mirando al suelo, pisando cuidadosamente sólo las baldosas del mismo color. Era un simple juego que realizaba cuando deambulaba sola. Antes, incluso lo hacía cuando había más gente, pero llegó un momento en el que los que tenía alrededor no podían comprender ese tipo de cosas. Observaba cómo sus pies no rebasaban los bordes de las baldosas blancas y, en un momento determinado, se permitió levantar la cabeza para analizar lo que a su alrededor ocurría.

No se había dado cuenta, pero estaba frente a una sala de exposiciones. Y el cartel que tanto le llamaba la atención como para quedarse parada frente a él, contenía un gran zapato, un gran zapato que le resultaba familiar. Decidió entrar, y frente a ella pudo ver cómo se alzaban gigantescas esculturas que mostraban distintos zapatos. La sala estaba abarrotada. Gente elegante andando de un sitio para otro, muchos acercándose a un joven que…

“Espera un momento, ¡¡es el loco suicida que intentó chantajearme!! Así que era escultor. El escultor loco suicida que intentó chantajearme”

————————————————————————————————————–

Hoy era un gran día para él. Por fin había conseguido la valoración que se merecía, una gran exposición de lo que hace cinco meses sólo había sido una simple idea. Todos se agolpaban frente a él para darle la enhorabuena, para felicitarle por tal innovación. Uno de ellos le llamó especialmente la atención, en gran medida porque le estaba hablando en su lengua materna, en castellano.

-Encantado de conocerle Sr. Zubiaga. Llevo unos meses siguiendo su obra y puedo decir sin temor a equivocarme que está usted en un gran momento de su carrera. Me gustaría hacerle una oferta. Es en su país de origen, en España, exactamente en un municipio situado en La Rioja Baja, la capital del calzado, en Arnedo. Si acepta esta oferta, no dude que le surgirán muchas más propuestas de trabajo allí. Siempre hemos querido fomentar a los artistas autóctonos.

Sintió cómo lo que había estado esperando durante tantos meses, se mezclaba en la misma habitación como en una coctelera. Ya que en el mismo momento en el que aquel amable caballero terminaba de presentarle su idea, volvía a percibir esa extraña sensación de querer correr tras su musa.

“Allí estaba, con su brillante cabello, con mirada de asombro, analizando la obra principal de mi exposición. Su zapato rojo…”

-Si me disculpa un momento, ahora mismo le dejo con mi representante para que acuerden los detalles, pero por supuesto que acepto su oferta. Muchas gracias por confiar en mí. -dijo Vicente intentando mostrar interés-

Se dispuso a intentar, una vez más, enamorar a aquella doncella de cabello llameante, de ojos verdes y aureola de fantasía. Ella analizó a aquel caballero, que casi ni se parecía al joven que ella recordaba de meses atrás. Parecía que no pudiera moverse, que algo la hubiera agarrado por los tobillos para que no huyera corriendo.

-¿Me recuerdas? -preguntó Vicente temiendo la respuesta.-

-No estás exactamente como imaginaba, pero sí, te recuerdo muy bien.

-Yo no he podido dejar de pensar en ti ¿ves? Este es el resultado de esa obsesión que creaste en mí con tus zapatos.

-Lo dices como si fuera algo malo. -dije intentando flirtear-

-Al contrario, me gustaría secuestrarte. Eres mi musa, eres especial, la única que ha conseguido arrancar lo mejor de mí. Me inspiras, haces que surja en mí una sonrisa. Ni siquiera te conozco, eso lo tengo más que presente. Pero cueste lo que me cueste, voy a conseguir que te enamores de mí porque no puedo perderte. La próxima vez que nos veamos, no será por casualidad como hoy, será porque realmente está escrito que nos conozcamos.

-¿Cómo puedes decir todas estas cosas si no me conoces? -sus palabras habían tocado mi corazón.-

-Nos conocemos desde siempre ¿no lo entiendes? Siempre has estado en mis sueños, eres el ángel que esperaba, eres la persona que tenía que llegar. Y ahora que te he encontrado, quiero demostrarte que yo también soy tu persona.

-Eres la persona más persistente que conozco.

-Sí, soy muy persistente, y sé cuándo algo merece la pena. Si no mereciera la pena, simplemente haría como con todo lo que no me interesa, lo dejaría pasar intentando que me robara el menor tiempo posible. Pero sé que contigo el tiempo no va a pasar sin sentido. Contigo, la vida va a merecer la pena.

-¿Qué pasa, que crees en el amor a primera vista? -pregunté intentando fingir que no me había enamorado ya de él.-

-Creo en mi instinto, y mi instinto me dice que eres una persona entre un millón. Y antes de que cualquier otro se dé cuenta, quiero engatusarte para que nunca te puedas alejar de mí. Dime qué quieres y lo seré por ti…

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