Cuero Rojo (primera parte)

Cuero Rojo

Miraba la espiral formada en el café por el movimiento circular de la cucharilla.

”Ojalá todo fuera tan fácil. Dejarse llevar y que las ideas vinieran solas, como la marea. Yo tenía talento. Por eso vine a Berlín. Para no desperdiciar todo mi potencial en un pequeño pueblucho como en el que nací y me crié.”

Se encontraba en la última mesa de un café situado en un semisótano de Magdalenenstrasse, cuyas ventanas dejaban entrever los pies de los transeúntes. Pies constantemente de un lado para otro. Como locos. Sin pararse ni un momento a contemplar el cielo. Ni siquiera para sonreír por tener un día más para seguir corriendo de un lado para otro. Como locos…

A su izquierda, la barra. La típica barra mugrienta mirando todos y cada uno de los taburetes que se extendían frente a ella. A su derecha, aquella especie de ventana por la que se podía ver la separación entre el mundo real (monotonía, ruido y estrés) y el mundo imaginario (el subsuelo, dónde nadie le podía molestar). Frente a él, aquella sorprendente espiral que por mucho que quisiera parar, nunca frenaba. Como el tiempo.

Ensimismado en sus pensamientos alzó la vista al techo, lamentándose, quejándose como siempre. Por el rabillo del ojo algo le llamó la atención. Unos zapatos rojos, unos preciosos zapatos rojos de tacón. Un tacón ni demasiado exagerado, ni demasiado tímido. Un tacón perfecto. De un rojo brillante y elegante, que venía combinado con un paso firme pero pausado, sensual pero humilde, optimista pero sensato.

De repente una fuerza que nunca había sentido antes le forzó a levantarse, a correr tras unos zapatos cuya dueña desconocía. Subió las oscuras escaleras lo más rápido que pudo. Comenzó a oír como el dueño del bar, de cuya existencia no se había percatado hasta ahora, gritaba tras él implorando en alemán que se lo llevaran los demonios. Pero todo le daba igual, solo corría y corría mirando al suelo. Buscando aquellos zapatos que en su interior habían removido las ganas de seguir creando.

Sin poder reaccionar, un torbellino de circunstancias le ahogó:

1.-Una baldosa desnivelada con la que no contaba le hizo tropezar.

2.-Este fortuito accidente consiguió que se desplomara bajo aquellos preciosos zapatos rojos, descubriendo entonces el cabello de su dueña, llameante y rizado como el fuego.

3.-Experimentó una gran fuerza que, desde la espalda, su pecho presionaba. Era el dueño del café quien, testarudo y tozudo, no consentía el impago de este artista desequilibrado.

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Y como cada día desde que la ilusión terminó, se acercó al armario a escoger el disfraz para salir a la calle: una blusa rojo pasión y unos pantalones oscuros. Se miró al espejo fingiendo con todos los músculos una pose rígida y una mirada fuerte. Cubrió sus ojos con sombra negra y rimel, a fin de conseguir un semblante agresivo. Y como toque final, un rojo carmín que invitaba al deseo de devorar el mundo.

Se quedó mirando el reflejo.

“Me gustaría poder huir de este lugar, irme lejos. Quizá a las tierras de mi padre. No entiendo como le podía gustar tanto ser embajador en este país. Pero ¿no sería muy cobarde salir corriendo por haber fracasado? Aunque en realidad no se le puede denominar fracaso, simplemente he elegido lo que más me convenía. Pero si así es ¿por qué me siento tan vacía? ¿por qué siento que he cometido el mayor error de mi vida?”

De repente, se vio otra vez encima de un escenario. Sólo era un recuerdo, pero amaba tanto ese mundo, que era como si pudiera percibir el olor a madera otra vez. Analizó de forma precisa todos y cada uno de los pasos que había dado, todos y cada uno de los pensamientos que por su mente habían circulado.

“Ummm, ya lo sabes, siempre te pones nerviosa justo en el momento antes de subir. Ni antes ni después. Pero tu única preocupación ahora mismo es no tropezar al subir estos tres escalones, sólo tres escalones que te separan de tu felicidad.

No te preocupes, sólo tienes que dar la primera nota y todos desaparecerán. Ya no importará ninguno de esos jueces que, frente a ti y tras esa larga mesa, se disponen. No importará si te eligen como primer oboe de la Berliner Philharmoniker, o si acabas por agachar la cabeza ante todos aquellos que siempre creyeron que el talento era más importante que el esfuerzo. Solo quedarás tú y tu arte, tú y lo que amas, tus sueños, ilusiones y deseos. Todo ello se fundirá en una espiral de colores pastel que bailará contigo y te mecerá en la oscuridad”

Un portazo la despertó de su ensimismamiento:

-Ya estoy aquí. ¿Preparada para tu primer día como profesora en la Universidad? ¡Ten cuidado! Ya sabes que a estos chicos les das la mano y te cogen el brazo.

-No te preocupes, como mucho bostezarán y se estirarán. Dudo que mi día sea mucho más interesante.

Echó un último vistazo al armario “¿Dónde he dejado mi foulard?” Por el rabillo del ojo un estallido de color rojo llamó su atención. Eran esos zapatos que solo utilizaba en ocasiones especiales (un regalo del país de su padre). Se quedó pensativa.

“Puede que este sea uno de esos momentos en los que decides levantarte del golpe o hundirte aún más en tu desesperación. Quizá sea el día para comenzar a ser esa mujer de zapatos rojos que aún nadie ha visto”

Y con paso firme, como caminando a dos metros sobre el suelo, cruzó la puerta.

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