Y el sueño se hizo realidad

Érase una vez un niño que quería alcanzar las estrellas. Miraba el cielo a diario y trazaba ingeniosos planes para conseguir su meta. Pero sólo en la imaginación del pobre niño podían llevarse a cabo, por leyes que él no entendía muy bien, “Física” creo que la llaman. Pese a todo, el niño no se rindió tan fácilmente. Tenía que llegar a ellas ¡era su sueño! Esbozó mentalmente inmensas escaleras y cohetes sacados de las mejores películas de ficción, incluso imploró a un Dios misericordioso para que se las acercara: “Si Mahoma no va a la montaña…”

Pasaron meses, incluso años; y aquella resplandeciente rosa llamada ilusión, parecía ahora no mucho más que un capullo marchito y deshojado, luchando por sobrevivir contra ese duro y frío enemigo llamado realidad. En esos últimos momentos, una voz dijo en su cabeza: ”No insistas más, nunca podrás alcanzarlas, pero puedes mirarlas todas las noches y sentir su calor durante el día”. Meditó, volvió a meditar y cuando pareció que ese último pétalo iba a caer, se negó a aceptar el conformismo: ”Yo no soy así”.

Pasaron meses, incluso años; en ese momento el niño ya tenía barba, obligaciones y… responsabilidades. Renegó de su sueño y lo guardó en un bonito y amargo lugar en sus recuerdos. Andaba, le gustaba ir andando a todos lo lados. Sentía el calor del sol por el día y miraba las estrellas por la noche ¡qué iba a hacer…! Pero el curioso destino no deja indiferente a nadie.

Un día, cansado de pasear, se sentó en un banco. No era un banco cualquiera, era su favorito. Contemplaba la ciudad cuando los últimos rayos del atardecer se colaban en su retina. Él estiraba el brazo y jugaba con los haces de luz. Finalmente, se despedía del sol hasta el nuevo día. Todo transcurría como siempre, se tumbó en el suelo y observó: primero la Estrella polar, el Lucero del alba, la Osa mayor; mira, allí está Marte y…

– Buenas tardes, señorito.- Las piernas le temblaron y el corazón casi se le sale del pecho ante la repentina voz. Alzó la vista y la vio. Era una ex compañera suya de baile. Hacía años que no la veía.-

– Bu…bu… buenas tardes, ¡qué susto!

Entre risas comenzó una conversación que les llevaría horas. Hablaron de sus respectivas vidas, de lo bien o lo mal que les iba en sus relaciones personales y bromeaban con cosas absurdas…

– En serio, cada vez que estornudo hace sol al día siguiente.

– Venga ya…

Sin quererlo aquella noche vulgar se transformó en una noche muy especial, más de lo que él nunca podría reconocer. Se despidieron y prometieron llamarse para quedar. Se entendían como nadie ¡¿Cómo no se habían dado cuenta antes?! Una nueva flor nació esa misma noche en el corazón del chico. Y cada día que quedaba con ella crecía. Sus palabras y gestos eran el mejor abono.

Pasaron semanas, incluso meses… Ya no podía más, tenía que decírselo, pero ¿cómo?… Finalmente se vieron. Él esperaba en un banco, aunque no era un banco cualquiera. Con el último rayo de sol, llegó ella. Era el momento perfecto:

– Pensarás que estoy loco, pero ¿qué pensarías si te digo que mi sueño es volar?

– Te diría que tienes que hacer todo por conseguirlo, es tu sueño.

– Ya, pero si salto de un precipicio me mataré, y no creo que le haga ninguna gracia a mi madre.

– A mi tampoco me la haría, pero tienes que hacer lo que te haga feliz, lo que quieras en cada momento, lo que quieras. Además, yo creo en ti.

Sin darse cuenta sus labios se acercaron a los de la chica. Ella vaciló, pero le correspondió con un sutil beso. Al abrir los ojos lo vio. Vio su sonrisa que iluminaba más que todas las estrellas juntas, más que el sol diría yo. En ese momento volvió a ser un niño y se dio cuenta de que la mayor estrella estaba ahora entre sus brazos.


Érase una vez un niño que soñaba con alcanzar las estrellas. Un día la vio y creyó en los sueños.

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