La inmortalidad del cangrejo ermitaño I

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No puedo respirar. La humedad tapona mis fosas nasales y el poco aire que consigo atrapar entre mis fauces parece provenir del mismo infierno. Quizá esté en el averno al que todos prometían mandarme. Mi piel transpira constantemente. Da igual estar seco que empapado. El calor me nubla la razón. Nunca voy a conseguir salir de este agujero. Sigo sin poder respirar. Apenas duermo y ya no recuerdo la última vez que comí. He perdido el norte. Jamás encontraré la tribu que vine a observar. Y no puedo respirar, no puedo…

-Tranquilícese, señor Flores.

-Tiene que ayudarme. No puedo dormir por las noches. No hago más que soñar con aquel lugar.

-Estamos progresando. La sesión ha terminado pero siga con los ejercicios respiratorios que le aconsejé para antes de dormir.

Salí de la consulta más agitado de lo normal. Bajé las escaleras con la sensación de que la angustia nunca cesaría. Miré escaleras abajo y ahí encontré una solución. Quizá podría tirarme de cabeza. Como si fuera una honda piscina con el agua muy fresquita. La piscina que terminaría con el caluroso recuerdo de aquel país. Con las pesadillas constantes sobre aquel año sobreviviendo en la selva. Ojalá me hubieran devorado las bestias que se rifaban mi pescuezo. Pero ahora había encontrado la solución a mis problemas. En vez de seguir esperando a que la muerte acudiera a por mí, yo iba a ser quien se matara. Y entonces… decidí tirarme como un niño se tira a un castillo hinchable.

Pero no iba a ser un suicidio ordinario. Nada en mi vida había sido corriente. Mi muerte tenía que estar a la altura de todo lo anterior. Así que me concentré e imaginé a una orquesta preparada para interpretar el famoso vals de Johann Strauss, El Danubio azul.

Todo comienza con un colchón de tónica en La Mayor creado por los primeros y segundos violines. La trompa interpreta uno de los temas en un intrigante solo. Flautas, oboes y clarinetes realizan la cuenta atrás que dará comienzo a mi impulso. Flexiono las rodillas y escucho desde el aire ya los últimos pizzicatos a unísono de cellos y contrabajos. A partir de este momento toda la maquinaria comienza a funcionar. Tras el primer calderón, ya en la primera sección, mi cara se acerca peligrosamente a la esquina de un escalón. Sólo he conseguido hundir uno de mis pómulos. En la segunda sección, la inercia de mi peso unido al impulso del salto consigue que dé una voltereta que me lleva al siguiente peldaño.

Mi zona lumbar se desliza por varios escalones hasta que mi nuca aterriza por primera vez. Ya ha llegado la tercera sección y comienzan a querer cerrarse mis ojos. Pero no, tengo que mantener la consciencia. No puedo morir antes de llegar a la quinta sección, mi preferida. Parece que el dolor me mantiene despierto y consigue que disfrute de la cuarta sección. Aquí llega el período más vivo de la obra, creo que es un buen momento para ponerme boca abajo y romperme un par de costillas. No falta nada para la quinta sección. Intuyo que ya he bajado un piso y medio de este divertido tobogán escarpado.

¡Oh, no! He aminorado la velocidad de bajada. El motivo es que he anclado mi frente contra la pared del tercer piso. Se acerca la quinta sección. Ya no queda nada. Aguanta aunque no sigas bajando. Aguanta…

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