Golpes de rock

Este ruido espantoso,

los diferentes bombazos que me rodean,

no sé hacia dónde correr,

la oscuridad me hace equivocar el norte y el espanto.

Los diferentes reflejos encogen mi corazón

y mi único consuelo se haya en el alcohol.

Un camarada se acerca a mí,

creo que viene en mi ayuda,

para poder salir de esta emboscada.

Y aunque no confíe en nadie,

no tengo otra opción,

tengo que irme con él.

No estoy acostumbrada a tanto caos

y el miedo hace que me aferre a la mano de mi salvador,

sin tener en cuenta el destino.

Me susurra unas palabras al oído

“no quiero besos cuando empiece el tiroteo”.

Me estampa contra la pared

(las baldosas siempre están demasiado frías

como para aterrizar mi piel desnuda sobre ellas)

pero esta vez no me importa;

demasiado miedo fluye por mis venas

como para concentrarme en ello.

Intento endulzar las constantes embestidas

con agrias caricias en su pelo.

Él me dice:

“las caricias se las guardas a tus muertos”.

Sin terminar de subirme

la inocencia a las pestañas

él me arrastra hasta un callejón sin salida

cuya única entrada parece un colchón usado.

Me concentro en cerrar los ojos

e imaginar a unos corzos rojos copulando.

Pero el chirrío de la metralla

en colisión con las paredes de mi jaula,

me hace recordar que mi alma

tenía un valor mucho más alto.

Un precio superior marcaba la etiqueta

que aquellas monjas me pusieron en la infancia.

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