Golpes de improvisación

¿Hasta qué punto es cierta esa frase de William Shakespeare: “Las improvisaciones son mejores cuando uno se las prepara”, o la de René Descartes: “Con frecuencia una alegría improvisada vale más que una tristeza cuya causa es verdadera”?

Muchas veces oímos decir que “tal persona” es demasiado cuadriculada, que debería dejarse llevar más; y otras muchas veces que es demasiado alocada, que debería madurar y empezar a labrarse un futuro. ¿Dónde está el término medio?

En un mundo como éste, en el que hagas lo que hagas, siempre va a haber alguien a quien no le va a gustar; es necesario improvisar para vivir plenamente (sin importarte lo que dicen o dejan de decir los demás), ya que:

Si lees eres un empollón, si no lees eres tonto; si te gusta hacer deporte eres una marimacho, si no te gusta eres una vaga; si bebes eres un borracho, si no bebes eres un aburrido; si hablas del sexo sin tapujos eres una ninfómana, si no hablas de ello eres una monjita; si sabes sobre todos los temas eres un pedante, si no sabes eres un inculto; si ligas eres un cabrón, si no ligas eres un “pagafantas”; si eres rubia eres tonta, si no eres como todas las demás; si inviertes toda tu ilusión en una actividad eres un friki, si no lo haces estás desperdiciando tu tiempo; si te arreglas eres una falsa, si no te arreglas eres fea.

Está claro que si te riges por lo que está bien visto, te puedes volver loco… Pero si nunca planeamos nada, nunca tendremos nada claro; y a la hora de elegir entre el sendero de la derecha o el de la izquierda (sin pretender meterme en escabrosos terrenos políticos) ni siquiera conseguiremos ver que tenemos diferentes caminos entre los que elegir.

He estado mucho tiempo improvisando y ha llegado un momento en el que me he preguntado “¿Cómo voy a improvisar sobre la improvisación?” “¿Tiene que ver improvisar con vaguear?” “¿Se puede ser eficaz, ocurrente o preciso, sin método?”

Tras meditarlo mucho, creo que no hay nada que hagamos o pensemos, que no parta de lo conocido, de lo aprendido. Cuando situaciones similares se repiten, aprendemos a responder de una determinada manera, por medio de la repetición de actos. No hay nada que sea absolutamente original. Siempre estará influido por situaciones anteriores.

La actitud de cada uno ante lo imprevisto, lo sorprendente, lo accidental, o lo imprevisible será lo realmente improvisado. Hay quienes optarán por la retirada, porque sentirán miedo ante lo nuevo, ante lo desconocido. Pero el que huye, es porque tiene temor a responsabilizarse de sus éxitos o fracasos. Es posible que nunca se considere responsable de nada y su vida sea una continua huida. Por el contrario, otros se crecerán, y verán lo nuevo y desconocido como un estímulo.

Otro punto de vista sería comparar la vida con una canción de jazz. Eludimos las interpretaciones fieles a la partitura e improvisamos. El intérprete recrea libremente el tema en cada ejecución sobre una determinada estructura armónica. Esta estructura armónica representa tus sueños, en lo que realmente desearías derrochar tu tiempo. La melodía funciona como tema principal e idea para desarrollar una posible interpretación. A la vez, esta melodía representa los posibles planes mentales que puedes tener, la ciudad en la que vivirías, el trabajo que desempeñarías, las personas de las que te rodearías…

En este sentido, la música de jazz se centra más en el intérprete que en el compositor, como en nuestra propia vida, ya que las personas y circunstancias que nos rodean son determinantes en nuestro futuro; pero nosotros “los intérpretes” somos los que elegimos en dónde colocar las blue notes, las síncopas, los ritmos múltiples, los  vibratos o los glissandos. Poco a poco, y partiendo de la melodía que nos ha otorgado nuestro lugar de nacimiento, nuestra familia, nuestro nivel económico o nuestra educación; conseguiremos como un auténtico Louis Armstrong un espectáculo triunfante.

            He llegado a la conclusión de que más vale una improvisación con años de planificación, que no tener absolutamente nada.

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