A golpes de relato corto

Observábamos desde una de las mesas de la cafetería todo el ambiente. Como cada tarde, mis amigos y yo no teníamos nada mejor que hacer que perder nuestro tiempo en la cafetería de siempre, hablando de lo de siempre:

-¿Esa no es Verónica, la hermana mayor de Marta?

-Sí, y el tío que está con ella es David.

-Ahh! Te refieres al chico que se saltó un curso y ya está en la universidad.

-Nunca se le ve con la misma chica…

-No entiendo cómo una chica como ella puede salir con un tipo como él

-Ohh… mira, le ha tirado el vaso de agua. ¿Se habrán peleado?

-Él se va… Qué cabrón.

Yo sólo analizaba toda la situación, ni siquiera intervine en el diálogo. De repente una vocecilla interrumpió mis pensamientos…

-Perdona, vosotros vais a la misma clase que mi hermana ¿no? Me da un poco de corte, pero… ¿podríais dejarme algo de dinero? Es que se ha largado sin pagar la cuenta…

Ella no hacía más que reírse, no se parecía en nada a su hermana. Había algo en ella que conseguía que no pudiera dejar de mirarla.

-No te pareces demasiado a tu hermana ¿no?

-Ah! ¿Es que crees que no soy tan lista como ella?

Por primera vez en toda la tarde intercambié una palabra con los sentados a la mesa; sólo porque vi una cosa que no pude callarme.

-¿Qué es eso? –Ella se miró el moratón que tenía en la parte exterior del brazo-

-Ahh, esto…

-¿Te has caído? –Añadió rápidamente uno de mis amigos-

-Emm, no. Es que David, siempre que está de mal humor, la paga conmigo; a veces es como un niño…

-¿Sabes? Tu novio no tiene muy buena fama –siguió diciendo mi amigo-

-Pero no hay quien se resista a él. Su mal carácter también es parte de su encanto…De todas formas no existe el hombre perfecto ¿no? Yo lo comprendo y eso es suficiente.

-Por eso es por lo que se dice que el amor es ciego –me apresuré a decir-

-Seguro que tú nunca te has enamorado de nadie. Y a eso se le llama “hablar sin saber” –añadió dándome un pequeño golpe en el brazo- ¡Date prisa y enamórate de una vez!

No me lo puedo creer, ¿qué es esta sensación?…

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Tres días después, el frío había comenzado a helar todos los rincones de la ciudad. Y mis amigos y yo sólo buscábamos un lugar calentito dónde conseguir comida barata. En el banco que se situaba frente al supermercado, vimos a una chica esperando ansiosa. Llevaba una larga bufanda roja burdeos, un abrigo largo, de corte militar y color gris; además de un bolso azul cruzado. Debía tener frío, porque su falda (no demasiado larga) dejaba entrever unas delgadas piernas pálidas; pese a estar arropadas por unas botas altas de nieve.

-¿Eh? ¿Verónica está esperando a su novio?

-No debería esperarlo ahí con el frío que hace.

-Nunca tiene dinero. Si nos ve, intentará gorronearnos.

-¿Qué queréis hacer hoy?

-Vamos a tu casa Aitor. –No podía darme cuenta de que mis amigos pretendían invadir mi casa aquel día, ya que toda mi atención se centraba en aquella inofensiva chica pensativa

-¡Ah! –Se me había ocurrido una idea- entonces, voy a comprar algo de comida antes…

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Dejé al lado de Verónica, apoyado en el banco, un vasito con chocolate caliente. Ella me miró sorprendida. Le pregunté:

-¿Todavía crees que va a venir?

-Claro que no.

-Entonces, ¿por qué sigues esperándole?

-Para cabrearme aún más.

-¿Para cabrearte?

-Si sigo acumulando rabia podré matarlo de una maldición. –Yo no pude reprimir mi asombro, acompañado de una carcajada -No subestimes a las mujeres –me contestó con una sonrisa.

Rodeaba el chocolate caliente con las manos, pero ni siquiera había expresado en ningún momento la intención de bebérselo.

-No es para que te calientes las manos, es para que te lo bebas. –Ella comenzó a llorar, y me extraño que una sonrisa tan brillante se pudiera convertir tan rápidamente en goterones de cristal. Pese a todo, yo seguía mirándola, absorto. No se me ocurría nada que pudiera calmar su tristeza.-

Comenzó a nevar, así que nos refugiamos bajo un puente cercano. Ya no me acordaba de que mis amigos me estarían buscando. Ella me explicó la causa de sus lágrimas.

-…pero si yo le respondo, “¿Y tú? ¿No te acuestas con otras chicas?” las cosas pueden ponerse muy feas. Él disfruta con esas cosas. Cada vez que lloro, dice “Ya he hecho llorar a otra chica”. ¡Es un arrogante! ¡Ojalá se cayera de un puente, se rompiera el cuello y se muriera de una vez! –Yo solo podía escuchar- ¿Por qué no dices nada?

-¿Eh?

-Debes pensar que soy tonta, ¿no? Oye… ¿qué crees que debo hacer?

-¿Qué? Tú sabrás, es problema tuyo.

-Es que soy tonta. ¡No sé qué hacer!

-Yo podría decírtelo, pero a cambio, tienes que hacerme caso.

-¿Y conseguiré ser feliz?

-¿Qué es la felicidad?

-No lo sé. Probablemente es cuando nunca lloras, y no hay nadie que te grite. Algo así. ¿No crees?

-No lo sé –dije apartando la mirada de sus infinitos ojos-

-¡Cómo que no! –y evadiendo sus palabras le contesté-

-Y entonces… ¿Por qué no buscamos juntos nuestra felicidad?

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El invierno ya había pasado y la primavera se presentaba fresca y viva.

-¡Tienes pastel! ¿Me lo cambias?

-No

-¡Tacaño!

-Era broma. Toma medio.

-Oye, ¿será algo así? La felicidad.

-Quien sabe… -se hizo una pausa-

-Realmente no sabía ni lo que decía cuando lo dejé.

-¿Qué te dijo?

-“¡Te arrepentirás de esto!” De todas formas ¡Se lo merece!… Y cambiando de tema ¡Lo sabía!, la felicidad es un chocolate caliente en un día frío… -dijo con esa eterna sonrisa-

Le cogí de la mano y seguimos nuestro paseo, cada vez que la miraba la encontraba incluso más guapa. Nunca había conocido a una chica tan dulce e interesante; parece que a partir de ahora podremos ser felices juntos y ya no tendrá que volver a preocuparse por ese idiota de su ex-novio… ¿Será esto a lo que se refería con lo de “estar enamorado”?

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De lo único de lo que estaba seguro con Verónica es de que era una chica totalmente impulsiva y soñadora; lo que se le ocurría lo hacía, costase lo que costase.

-Quiero ir a la playa.

-¿Estás loca? Todavía hace frío…

-¡Vamos! Llévame a la playa, por favor.

No podía negarme a nada de lo que me decía Verónica, así que como siempre, cumplí sus sueños.

-¡Hace mucho frío!

-Ya te lo dije…

-Ainsss!!! Y hay muchos bichos, ¡me quiero ir! ¡me quiero ir!

-¡Pero si acabamos de llegar! Con este tipo de cosas es con las que me demuestras que solo eres una niña mimada, a la que siempre le dan lo que quiere.

-Te has enfadado, lo siento… Yo solo quería ver contigo algo bonito.

-Entonces te llevaré a las Islas Cíes, algún día.

-¿En serio? ¿Cuándo?

-Bueno, primero tengo que ahorrar algo de dinero… ¡Dentro de diez años!

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Lo que más me gustaba de estar con Verónica era verla tranquila, tumbada en mi cama, sin pensar en nada; simplemente hablando de lo primero que se nos pasaba por la cabeza… Pero ese día algo era diferente.

-Creo que me voy a ir.

-Pero ¿Por qué?

-Por nada… Bueno, entonces me quedo, voy a por algo de beber, ¿quieres tú algo?

En ese momento me fijé en lo que realmente estaba intentando ocultar; un moratón en el brazo izquierdo… Una ola de ira me nublo el sentido común.

-Tú que prefieres ¿café?

-¿Que es esto? –Le dije mientras sujetaba su brazo, sin controlar mi fuerza-

-Me he caído.

-¿Todavía te ves con él?

-Solo me encontré con él.

Estas fueron las palabras que definitivamente me hicieron perder el control; le pegué un bofetón con todas mis fuerzas, descargando toda la rabia que me causaba el hecho de sentirme débil ante un ser tan inofensivo. Ella chocó contra la pared y farfulló:

-Sólo he dicho que me he encontrado con él por casualidad…

Ella no se quiso levantar, seguía inmóvil, sentada en el suelo de parqué. En ese momento me di cuenta de que a quien tenía que pegar ese bofetón era a él; me estaba convirtiendo en lo que era dañino para ella en un principio, de lo que juré alejarla…

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-¡David! Un chavalín te está buscando

-¿Quién?

Y allí estaba yo, dispuesto a que me causaran mucho dolor. Supongo que me sentía culpable y no sabía como redimir mis equívocos. En realidad, soy idiota; pero me siento mejor ahora. No me refiero al estado físico, por supuesto, pero estoy más tranquilo conmigo mismo. Ya no volverá a dañarla ni él, ni nadie más.

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-¿Te has caído?

-Igual que tú, tonta.

-¿Y perdiste? ¿O ganaste?

-Perder o ganar es lo de menos. Seguí golpeando hasta que me quedé satisfecho.

-Parece que él también quedó bastante satisfecho. Gracias.

-Me duele, no toques.

-Oye, déjame hacerte una foto.

-¿Qué estás diciendo?

-Es que quiero tener una prueba de que te has peleado por mí.

-Tú… eres igual. Eres igual de arrogante que ese tío. Realmente disfrutas sufriendo, ¿no?

-No hay nadie en el mundo a quien le guste sufrir. Por eso es por lo que estoy aquí ahora. –Se acercó lentamente y me dio uno de sus suaves y reconfortantes besos-

-Prométeme… que nunca me engañarás.

-Sí.

-No habrá segunda oportunidad.

-Te lo prometo. –Y por primera vez en toda la tarde, me volvió a regalar una de sus preciosas sonrisas-

No podía dejarla escapar; y ese deseo de tenerla siempre a mi lado se exteriorizaba en un eterno abrazo, que nunca me hubiera gustado finalizar.

-Te lo prometo. Nunca te engañaré.

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-Ring…ring…ring…

-¿Quién será a estas horas?

-Em… Aitor, no se muy bien como decirte esto. Mira…Verónica iba con David en su coche, y… ambos han muerto, lo siento.

Desde una esquina de la habitación yo podía observar toda la escena, como si no estuviera dentro de mi cuerpo. Simplemente me veía a mi mismo, en medio de mi cuarto, bajando lentamente el brazo que sujetaba el móvil; totalmente escéptico ante lo que me intentaban contar. Sólo pude pronunciar unas pocas palabras.

-No… me lo prometió.

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